Gabriel Tizón

“La tortura de los refugiados es el olvido”

Gabriel Tizón

 

Para Gabriel Tizón, fotógrafo de los migrantes en Europa, la cámara es el instrumento que facilita su encuentro con las personas que más admira: los emigrantes y los refugiados, a quienes prefiere llamar “personas”, sin calificativo alguno. Tiene su estudio en Barallobre, un pueblecito próximo a Ferrol (Coruña), pero pasa largas temporadas en África y en Europa para hacer visibles a los olvidados y mover conciencias, desarrollando una actividad eminentemente solidaria.

 

 

¿Qué significa para usted la palabra “solidaridad”?

Para mí “solidaridad” es ayuda mutua, no una relación en la que uno da y el otro recibe. Hoy el término suele ir cargado de un enorme sentido paternalista, y a mí no me gustan las limosnas. Nosotros ayudamos a cubrir las necesidades básicas de las personas que lo necesitan, pero ellas a cambio hacen otras cosas. De hecho, yo de África recibo mucho más de lo que doy, y lo que aprendo de los refugiados es mucho más de lo que ofrezco.

 

¿Qué tipo de cosas hacen?

Una de las tareas que llevan a cabo los refugiados, por ejemplo, es entrevistarse unos a otros para llegar a más personas y conseguir que el trabajo tenga un mayor alcance. Es decir, todos colaboran en los proyectos que llevamos a cabo.

 

En África, concretamente en Senegal, crea en 2012 la asociación cultural/ONG Causas Comúns. ¿Qué lo motiva a ponerla en marcha?

Mi experiencia de 15 años viajando por el mundo. Durante ese tiempo caí en la cuenta de que, aunque las circunstancias sean diferentes, al final todas las personas somos iguales: tenemos los mismos problemas, los mismos sentimientos; tenemos frío, tenemos calor, respiramos, reímos, lloramos…

 

Pero ¿cómo nace ese deseo de ayuda?

Eso se fragua en el entorno en el que vives. Yo crecí en Barallobre (Fene), un pequeño pueblo de pescadores donde todo se comparte. Precisamente fue allí donde una vecina me hizo ver más allá del aquí y el ahora. Ella me exhortó a comprometerme con lo que me rodeaba, a salir de casa para conocer lo que ocurre en nuestro entorno más cercano, porque si no entendemos esto difícilmente vamos a descifrar lo que acontece afuera. Sus palabras me han ayudado a ser más observador, a comprender los dramas que aquejan al mundo y a no quedarme pasivo ante ellos.

 

Causas Comúns arranca con una exposición fotográfica titulada “Europa, a realidade dun soño”. ¿Qué pretendía?

Mostrar la pobreza que existe en Europa. Para mucha gente de África, Europa es un sueño. Yo ayudo a romper ese tópico a través de la fotografía, y las imágenes nos ayudan a generar debates de los que aprendemos todos.

 

¿Tanta pobreza hay en Europa?

Sí. En África hay mucha pobreza, pero en Europa he visto mucha más miseria. Aquí hay mucha gente que carece de los recursos mínimos para sobrevivir, pero además se les excluye socialmente y se les priva de la dignidad que les corresponde como seres humanos.

 

Precisamente ahora tienen mucha presencia en Europa a través de Causas Comúns.

Sí. Causas Comúns lleva muchos años trabajando con emigrantes y refugiados. Antes actuábamos en el lugar de partida y ahora lo hacemos en Europa. Existe una gran diferencia entre emigrante y refugiado. El emigrante es una persona que sueña con una vida mejor. El refugiado huye de un lugar a causa de una guerra, una persecución de tipo religioso, por su condición sexual, etcétera. Pero comparten algo: en ambos casos se ven forzados a abandonar su hogar. Y a nadie le gusta dejar a su familia y su tierra. En Galicia de esto sabemos un poco.

 

Para ayudar a los refugiados crea el proyecto Muros. ¿Qué hacen exactamente?

Dar voz a estas personas. Creo que los medios de comunicación han abandonado este cometido: se habla mucho de números, de cifras, de normas y de leyes; pero no se habla de las personas, y mucho menos se les da voz. Nosotros hemos publicado un libro escrito por ellos y un documental en el que relatan sus historias; todo ello ilustrado con imágenes que he podido captar porque me permiten entrar en sus vidas. Es, como decía al principio, una relación de ayuda mutua, un encuentro entre el retratado y el retratista. A partir de ahí aparece un tercer elemento: el espectador. Es entonces cuando el fotógrafo desaparece. Ése es el papel de Muros.

 

La respuesta de Europa a la llegada de esta gente que huye de la guerra ha sido reforzar las fronteras.

Las fronteras pueden ser de hormigón, como las que construyen en Francia; de alambre, en Melilla; el propio mar… El problema es que esos muros siempre son más altos de un lado. Yo tomo un avión por 300 euros y me planto en África en un momento; ellos para venir hasta aquí se gastan 6,000 y arriesgan su vida. Por lo tanto, el muro no es el mismo para todos. Yo quiero creer en una raza, la humana, pero a veces me resulta muy difícil, porque al final de todo esto se benefician cuatro, mientras son millones los que sufren.

 

¿Quiénes se benefician?

Personas sin escrúpulos que están en esferas alejadas de la calle, que les guía la avaricia y su único placer es tener. A mí me enseñaron desde niño que la descontrolada necesidad de tener es terrible, y hoy nos la venden como una forma de vida. La palabra “igualdad” se vacía de contenido cuando el enemigo del pobre es el rico, mientras el enemigo del rico no son los pobres. Eso pasa aquí también: en nuestro país hay 13 millones de personas muy por debajo del umbral de la pobreza y los políticos no hacen nada para remediarlo.

 

Al final, el tener más o menos marca la diferencia también para los refugiados, porque huyen de Siria los que pueden pagarlo…

Efectivamente. Escapan los que tienen una cierta posibilidad económica. Los que llegan a Europa son los afortunados, aunque también hay que reconocer que en Siria, Iraq o Afganistán hay personas que podrían salir y no lo hacen. Prefieren quedarse y luchar por su identidad, por su cultura, por su sociedad. Son personas de las que no se habla, pero con el tiempo habrá que reconocer el mérito a su resistencia. El gran drama de todo esto es que se está acabando con la identidad de un pueblo. Y no hay que olvidar que hablamos de sociedades milenarias.

 

Hoy la crisis de refugiados es provocada por una guerra. Tal vez en un futuro nos encontremos otras de origen diferente, como puede ser el cambio climático.

Así es. Las estadísticas oficiales dicen que antes de 2050 habrá más de 250 millones de refugiados climáticos. Yo no soy un experto en estos temas, pero puedo aportar mi experiencia. Hace 30 días estaba en Guinea Bissau, crucé la frontera y pasé por Guinea Conakri hasta cerca de Sierra Leona. Es una zona que conozco desde hace más de 10 años y nunca me había encontrado con una situación climatológica tan dramática: las temperaturas han alcanzado unos niveles tan altos que apenas se puede cultivar la tierra, lo que conduce al hambre y a la proliferación de enfermedades. De la mañana a la tarde vi morir a mucha gente, simplemente porque el cuerpo no aguanta. Esto que nos parece lejano es un problema que ya está aquí.

 

¿Cómo se puede afrontar esta realidad?

Yo creo que es una cuestión de valores. Siempre vuelvo al mismo punto. A veces tenemos el problema muy cerca y no lo vemos. Hace menos de 10 días hacía un trabajo fotográfico con el que pretendo demostrar que aquí se abandonan pueblos y también a la gente. En nuestro país, por cada persona que duerme en la calle hay 112 viviendas vacías. ¿Cómo un Estado puede defender eso? Sinceramente, creo que es necesario un ejercicio de recuperación de valores.

 

Usted está en primera línea viviendo la tragedia de miles de personas. ¿Qué es lo que le produce mayor desgarro?

La desesperación. Pero ¿qué es mi desesperación al lado de la que siente una familia de refugiados con cinco hijos? Con una de estas familias hablaba hace apenas media hora. Llevan nueve meses esperando acomodo y les acaban de comunicar que deben esperar otros cinco, todo esto sin garantías de que sean recibidos.

 

Además de desesperación, ¿le inspiran algún otro sentimiento?

Por supuesto: una enorme admiración.

 

¿Qué es lo que admira?

Su comportamiento ante tanta adversidad. Fotografío a estas personas por admiración, porque me identifico con ellas. Hace cinco años vivían exactamente igual que nosotros, y de la noche a la mañana se ven obligadas a dejarlo todo. Llegan aquí y las tratamos como las tratamos… Yo creo que en su lugar me volvería loco e irracional; en cambio, ellas tienen un comportamiento ejemplar. A su lado he aprendido a canalizar mejor mis pequeños problemas y a veces hasta siento frustración por no saber saborear la mucha suerte que tengo. 

 

Hay gente que se cansa de esperar y se regresa a su país.

La gran tortura de los refugiados es el olvido. Ésta es la política que ejerce la Unión Europea. En estos momentos se están produciendo suicidios que no se cuentan. Muchas personas con las que trabajamos nos dicen que prefieren morir en su tierra que sentirse despreciados como seres humanos. Estamos hablando de los refugiados en Europa, pero algo semejante ocurre en África. Hace poco tiempo en Guinea Bissau, en la frontera con Conakri, una mujer me dijo: “Nos habéis traído la enfermedad del blanco”.

 

¿A qué se refería?

Al suicidio. Esta mujer sentenciaba: “Aquí nos arreglamos con muy poco. Luchamos por la vida y ni se nos pasa por la cabeza quitárnosla, porque ya nos resulta bastante complicado mantenerla”. Me explicaba que su hijo había vuelto a casa con una deuda muy grande. Las migraciones allí son carísimas debido a las mafias. El caso es que a este chico lo atrapó la policía y fue deportado. Nada más llegó a casa se suicidó. De hecho, acabo de llegar de Guinea Bissau, donde hemos creado una asociación para emigrantes retornados, con el fin de que sirvan de ejemplo, traten de poner en valor su identidad y eviten que esto ocurra.

 

En la gestión de algunas ONG’s sobrevuela la desconfianza sobre si lo que la sociedad aporta llega realmente a los que necesitan la ayuda. ¿Cree que tras esas sospechas puede haber algo de realidad?

Esto es como la vida. En las ONG’s hay gente buena, mala y regular. Lo que sí es cierto es que existe el gran negocio de la caridad, empezando por la propia Iglesia. Yo puedo hablar de lo que hago, o de lo que nosotros hacemos y de lo que a mí me preocupa. A mí me preocupa mi conciencia, y mi conciencia me la miden las personas con las que trabajo. Puedo equivocarme porque hago cosas, pero una cosa es equivocarse por hacer cosas, y otra muy distinta actuar de mala fe.

 

Hablemos de su faceta como fotógrafo. Para usted “fotografía” es sinónimo de “supervivencia”. ¿Por qué?

Porque yo era un desastre de chaval. Con 13, 14 años apuntaba muy mal, y mi familia estaba muy preocupada. Hacia los 16 un amigo me enseñó a revelar. Entonces se hacía en un laboratorio y aquello me pareció mágico. Acababa de descubrir algo que marcaría mi vida: yo, que era tan vago, podía utilizar un idioma universal sin necesidad de traducción. Hoy sigo sintiendo esa misma magia: me parece increíble que pueda expresarme con mis ojos, y considero un lujo utilizar el idioma de la mirada para comunicarme. Así es como acabé utilizando la fotografía para comprometerme con lo que veo.

 

También ha dicho que es la voz de sus dudas. ¿Qué dudas?

Las que tenemos todos. Yo creo en la duda como motor, como herramienta de trabajo, como recurso que ayuda a crecer y orienta mi proceso vital.

 

Dice que de chaval era “un desastre” y que “apuntaba muy mal”. Hoy, esta situación sería definida como fracaso escolar, un término que a usted tampoco le gusta...

No creo en el fracaso ni en el éxito; creo en el camino, con aciertos y errores que ayudan a aprender. La vida es camino y llamar a alguien fracasado es negarle la posibilidad de cambio. Me parece durísimo.

 

De sus años de escolaridad, ¿tiene algún recuerdo que prefiere olvidar?

No. Mi vida la acepto como es. No quiero responsabilizar a nadie de mis errores. Durante años lo he hecho por una experiencia vivida con una persona que murió hace poco tiempo. Es un tema personal que no puedo ni quiero compartir. Afortunadamente, pudimos aclararlo antes de su fallecimiento. Yo lo estaba deseando y pienso que ella también, de manera que ambos pudimos dejar atrás ese mal recuerdo.

 

¿Y alguna especialmente buena?

Guardo experiencias buenas y malas, y las valoro todas, porque de todas he aprendido.

 

En cualquier caso, ¿su formación se produjo más fuera que dentro del sistema?

Sí. El sistema no valoraba mi parte intuitiva. En la escuela, al menos en la que yo viví, nos la apagaban muy rápido. Creo que todos tenemos un lado creativo que no se nos descubre.

 

¿Qué les diría a esos chicos que no acaban de encontrar algo que les apasione?

Que crean en sí mismos, porque todos tenemos talento para algo.

 

¿Y a sus padres y profesores?

Lo mismo. Que crean en los chicos y las chicas que tienen delante. Que los escuchen. Que los respeten.

 

Sí, pero a veces los esfuerzos son pocos ante una sociedad como la nuestra.

Así es, y también esto tiene que ver con valores. Hace unos años había un programa titulado Operación Triunfo. ¡Ojo al titular! Aquí se nos vende continuamente que hay que ganar por encima de todo. Lo mismo pasa con el futbol: eres del Madrid o del Barcelona. ¿Y el disfrute del juego dónde queda? Fuera de la escuela, los chicos reciben mucha información y, al final, somos lo que vemos, lo que oímos, lo que comemos…

 

Hoy su trabajo es muy valorado internacionalmente. Así lo acreditan los muchos reconocimientos que ha recibido. ¿Qué significan para usted los premios?

Dinero. Cuando era más joven, me bastaba con el reconocimiento, pero con los años he aprendido que para trabajar necesito dinero, y que el reconocimiento me lo da, día a día, la gente con la que comparto la tarea. Por eso, ahora, los premios me los tomo como un medio para seguir trabajando.

 

¿Hay alguna foto que le gustaría hacer y aún no ha conseguido?

Muchísimas. Y espero no saber nunca cuál es, porque entonces estaría muerto. Para mí la fotografía es dejarme sorprender. El primer espectador de una foto es la persona que la hace. Si eso desaparece, desaparece la magia de la que hablaba antes. Yo no necesito explicación a todo lo que hago. Simplemente me sorprendo, y la cámara es una disculpa para el encuentro.

  

Un desierto llamado Europa…

“Después de ocho viajes, 14 meses de trabajo en nueve países y miles de kilómetros, una vez más vuelvo con la misma sensación. La de vivir en un desierto llamado Europa, un desierto de valores.”

Gabriel Tizón dejaba este mensaje en la red social Facebook el pasado 30 de octubre, junto con un audiovisual que recogía parte del trabajo realizado en Calais. Volvía a Galicia con 21 kilos menos y un semblante que reflejaba el terror vivido durante su largo peregrinaje. Aquí le esperaban rondas de entrevistas, exposiciones fotográficas y un sinfín de charlas para mostrar al mundo la gran injusticia de los olvidados: “Uno de ellos se me acercó y besó mi cámara. Era fotógrafo y lo había perdido todo. No pude darle la mía, porque necesitaba seguir trabajando, pero le juré que le conseguiría una. Y así lo hice. Me sentía contento por darle un poco de felicidad ante tanta barbarie. La historia no tuvo un final feliz: lo busqué durante días, pero no di con él. Seguramente que se me había adelantado la muerte”.

Sus relatos son puro dramatismo, pero él los cuenta con total normalidad. Ha aprendido que para ser útil a la causa debe tener sus emociones controladas y las ideas claras. Sólo así puede afrontar su gran reto: contar lo que pasa en el mundo, avergonzar a quienes tienen en sus manos la llave para cambiarlo y cumplir con su compromiso de ser la voz de quienes ven pisoteados sus derechos más básicos.

http://gabrieltizon.com.

 


 

 

* Gena Borrajo es pedagoga. Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Entrevista publicada originalmente en Cuadernos de Pedagogía, marzo de 2017.

  

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