Jordi Cots

“Necesitamos aprender a escuchar a los niños”

Jordi Cots

 

Para Jordi Cots, abogado, pedagogo, poeta y promotor de los derechos de la infancia nacido en Barcelona, es fundamental atender los derechos de los niños, prestar atención a lo que dicen, considerar sus opiniones y defender su libertad de pensamiento y asociación. En el marco de la celebración del Día Internacional de los Derechos del Niño, este 20 de noviembre, vale la pena insistir en el derecho que tienen los niños a opinar y a ofrecer sus puntos de vista.

 

 

 

¿Cómo ve la infancia hoy?

En muchos aspectos está mejor que antes. Pero la actual situación de crisis económica perjudica enormemente a la infancia. Es una situación difícil de justificar. Los poderes públicos deberían rendir cuentas. A veces da la impresión de que no hay más remedio que recortar, pero quizás no se está poniendo todo el interés en evitar que la infancia sufra.

 

¿A los niños de ahora se les deja ser niños?

No llegan a serlo plenamente. En parte porque la situación general los priva de tener una infancia feliz. Por otro lado, no se sabe qué hacer exactamente con la infancia. A veces, a los niños se les mima demasiado porque se tienen remordimientos de que no se está con ellos todo el tiempo que se debería. Y esto tampoco es natural. Los niños necesitan que los adultos estén al lado de la infancia. No delante ni detrás. Justo al lado. Para tener un diálogo cuando hace falta. Para poder aclarar sus preguntas, con toda tranquilidad. Yo creo que no hay naturalidad en el trato con el niño; por lo tanto, la infancia no es del todo real.

 

¿Se les escucha?

Rotundamente no. No sabemos escucharlos. Aunque también es cierto que a veces los adultos están tan maltratados que no tienen la capacidad de escuchar a los niños. En mis años como director de escuela los padres me comentaban sus experiencias. Me decían que cuando sus hijos llegaban a casa tras un día duro de trabajo, y el preguntaban cuestiones difíciles, no sabían qué hacer. Yo les decía: “Tienen que estar tranquilos. Si de verdad están cansados y les dicen: ‘Déjenme, ya les contestaré más tarde’, y esto es sincero, los niños lo entenderán. No tengan miedo, lo entenderán”.

Por otro lado, en esta sociedad tan marcada por el imperativo de la producción no se da valor a aquello aparentemente inútil, como es un rato de juego, que es un elemento importantísimo para el desarrollo del niño, pero muchas veces los adultos no lo ven así. Los padres están tan preocupados por el futuro de su hijo, por la carrera universitaria que deberá estudiar, por los idiomas que deberá aprender, que no lo dejan ser niño.

Se cree que la infancia sólo vale por lo que será en el futuro, sin pensar que el niño es el presente absoluto. Cuanto más se cultive su presente, más estará asegurado su futuro.

 

¿Los niños son más o menos autónomos que antes?

Aparentemente son más autónomos, pero no estoy seguro de que lo sean de verdad. Porque ellos necesitan un equilibro entre esa autonomía y su relación con los adultos. Considero que existe un gran problema de relación entre adultos y niños. Se necesitan mutuamente. Si no hay un equilibrio en esa relación la autonomía nunca será verdadera. Los niños no pueden andar solos, pero su relación con los adultos debe ser natural.

 

Usted fue el primer ombudsman para la infancia en Cataluña y es un gran conocedor y divulgador de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño. ¿La sociedad tiene presentes estos derechos?

No. Ni siquiera sabe que existe la convención y tiene un recelo instintivo hacia la idea de los derechos del niño, pues a veces se asocian con una reivindicación. Ese recelo hace que existan pocas acciones para divulgar el texto de la convención. Ni siquiera en las facultades de derecho se enseña. Se empezó a enseñar en las facultades de psicología y de pedagogía antes que en las de derecho.

 

Y la escuela, ¿los tiene presentes?

Tampoco. Me he encontrado con maestros que tienen miedo a los derechos del niño. Tal vez piensan que darlos a conocer puede restarles autoridad en el aula. En general, los ignoran. No forman parte del currículo de las escuelas de formación de profesorado, cuando deberían ser un ingrediente básico. La convención no es sólo un texto jurídico, sino que puede llegar a ser un instrumento pedagógico. Presenta una imagen completa del niño, lo que puede ayudarnos a relacionarnos con él.

 

¿Qué les diría a los docentes?

Primero, que conozcan la convención porque es un texto útil para su trabajo. En ella aparecen los derechos sociales y los civiles, que se complementan unos a otros y abarcan todas las dimensiones del niño. Los derechos sociales son los clásicos: un techo, alimentación, escuela, salud, etcétera. Los derechos civiles están relacionados con el ser escuchado, con la libertad de pensamiento y religión, y con el derecho a asociarse. Tenerlos en cuenta puede generar una mayor riqueza en la relación con los niños. También se menciona la dimensión espiritual del infante, al lado de la dimensión física, psicológica, social y moral. A los niños les importan mucho los derechos civiles. Más que los derechos sociales, que entienden como una preocupación de los adultos. Ellos te dirán: “A mí nadie me escucha, no hay derecho, no hay justicia”.

 

¿Se respetan estos derechos en la escuela?

Ignorarlos ya es una falta de respeto. Existe miedo. Se tiene miedo a la escucha. Escuchar a un niño no significa que se tenga que hacer lo que pide. Esto lo saben en primer lugar los propios niños. Pero se les debe reconocer el derecho a opinar: preguntarles qué les parecen las cosas o cuál es su punto de vista sobre determinadas decisiones.

 

¿Qué debe hacer la escuela para avanzar en este terreno?

Tiene que actuar en dos direcciones. Una, con el ejemplo. Y la otra, instruyendo. Debe preguntarse si como institución respeta los derechos del niño, tanto sociales como civiles. Y después, dedicar algunas sesiones a dar a conocer estos derechos, por ejemplo, aprovechando alguna efeméride, como el Día Internacional de los Derechos del Niño, que se celebra cada 20 de noviembre. A veces estos derechos sólo se explican evocando la infancia trágica que se vive en otros países.

 

¿Los derechos de los niños son una cuestión de leyes y convenciones o de actitudes?

De ambas. Tienen que estar reflejados en un texto, como hoy existe, pero también se tienen que notar en las actitudes. En Ginebra existe un Comité de los Derechos del Niño. Ante este comité los estados que han firmado la convención, que son casi todos, deben presentar de manera periódica, cada cuatro años, un informe sobre el cumplimiento de la convención en los distintos países. El comité siempre pide a los estados: “No nos expliquen las leyes que han hecho; explíquennos las políticas que han seguido”.

 

¿Cómo cambiar las actitudes cuando no son las correctas?

A veces los mismos niños nos hacen cambiar, si estamos atentos. Para las escuelas es importante, además, que tengan una buena relación con los padres. Se puede pedir la colaboración de las familias para hacer que se cumplan esos derechos y para conseguir un hacer común entre escuelas y padres.

 

¿Cuáles serían las acciones más urgentes?

En estos momentos de crisis hablar de lo urgente cuesta. Pero yo creo que la escucha sería lo más urgente. Debemos tener claro que la escucha está íntimamente relacionada con todos los derechos y que todos esos derechos deben avanzar a la vez.

Hace unos años se celebró un congreso en Estocolmo sobre prostitución infantil y maltrato sexual. Se puso sobre la mesa que una de las maneras de prevenir los abusos sexuales era fomentar los derechos civiles en el sentido de educar a los niños a tener un pensamiento y saber responder cuando eran cuestionados, para que tuvieran conciencia de que si lo que sufrían era un verdadero abuso o no y supieran decir “no” cuando fuera necesario. Los niños que han sido educados en todos los derechos de la convención, entre ellos la escucha, están mejor preparados para la vida.

 

¿Se tiene presente que toda la sociedad es responsable de la infancia?

Lamentablemente no. A veces se tiene la impresión de que los niños son de determinados profesionales y expertos, como los maestros o los trabajadores sociales. Se debe fomentar la idea de que todos los niños son responsabilidad de todos. No sólo nos atañen los nuestros o los de los amigos de nuestros hijos.

 

¿Qué es el interés superior del niño?

Consiste en atender las consecuencias que pueda tener cualquier decisión en el bienestar de la infancia, independientemente de que vaya dirigida o no de manera expresa a los niños. En 1981, la primera ombudsman infantil, una noruega, siempre dejó claro que le interesaban las consecuencias de las políticas de todos los ministerios. Por ejemplo, en Noruega tienen un Ministerio del Petróleo. Miraba si sus acciones podían influir en el bienestar del niño, porque la subida o la bajada de precio de los hidrocarburos podía tener repercusiones en la infancia.

 

Usted ha estudiado la obra de Janusz Korczak. Decía que no le gustaban los pedagogos y se definía como un antipedagogo. Prefería utilizar la expresión “amigo de los niños”. ¿Por qué?

Ante todo, diría que para mí Korczak es un modelo, porque es un gran educador y un gran defensor de los derechos del niño. Por otro lado, es verdad que era muy exagerado. Decía que los pedagogos eran personas muy teóricas, que pueden importunar a los niños y no hacerlos crecer. Él tenía una relación más directa con la infancia. Era director de un orfanato de niños judíos en Varsovia, cuyo pilar fundamental era la escucha. Tenía una revista escrita por los alumnos y un tribunal de niños en el que se solventaban los conflictos que surgían en el centro. Él mismo se sometió al tribunal alguna vez.

 

En el orfanato había un régimen de autogestión. Korczak ya hablaba de la república de los niños. En ese sentido fue un adelantado.

Sí, es un modelo sobre cómo se tendría que trabajar con los niños. Un modelo de escucha y respeto ante la personalidad del niño. Korczak explicaba cosas concretas y tenía una relación viva con los niños.

 

Decía que los niños no son los ciudadanos del mañana sino las personas del presente.

Claro. Y todavía cuesta de entenderlo. A veces se hace burla. Cuando la convención dice en su artículo 1 que el texto se aplica a todas las personas que no han llegado a la mayoría de edad, no se entiende que sus cláusulas también atañen a los niños de meses de edad. En los artículos del 12 al 17, relacionados con los derechos civiles, se dice que intervendrán progresivamente, de acuerdo con su progresiva madurez.

 

En su libro La Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos del niño. Guía breve usted incluye una cita de Locke: “El niño es como un viajero acabado de llegar a un país extranjero del cual no sabe nada”.

Sí. Cuando te cruzas por la calle con parejas que van con sus bebés, estos niños te miran de un modo tan intenso que llegan a turbarte. Y piensas: “Éstos te están chupando con los ojos. Entonces se están construyendo a sí mismos”.

 

Y nosotros, los adultos, ¿los entendemos?, ¿o también son, para nosotros, como viajeros venidos de otro planeta?

Si queremos, podemos entenderlos. Nosotros tenemos que ser el planeta amigable al que ellos puedan acceder sin que les pongamos dificultades; con naturalidad. Uso mucho la palabra naturalidad, porque es una de las cosas que más cuesta. Y con los niños hay que ser naturales. Ellos saben si eres natural o no. No puedes engañarlos.

 

¿Cuáles son los mayores riesgos a los que todavía está expuesta la infancia?

Creo que una parte de la infancia no tiene la educación que se merece.

 

¿Qué debería incorporar la escuela para mejorar la calidad de la educación?

Hay dos ideas básicas que deberían hacer reflexionar a todo el sistema. Puede parecer abstracto, pero un concepto fundamental es el respeto, que muchas veces se confunde con la permisividad. Ligado a él está la confianza. Otra cuestión más secundaria es la atención a los progresos técnicos. Hay que saber dominarlos y presentarlos como un medio, no como un fin. Los maestros deben estar tranquilos. Si son buenos, nunca se verán superados por la tecnología. Debe existir un acuerdo entre escuela y familia para la utilización de los medios tecnológicos. Pero, como digo, esto tiene una importancia secundaria. Si el ambiente de la escuela es de respeto, todo lo demás se resolverá por sí solo.

  


 

Abogado y pedagogo barcelonés de 88 años, Jordi Cots cuenta con una extensa trayectoria asociada con la renovación pedagógica y la defensa de los derechos de la infancia. Fue el primer ombudsman para la infancia en Cataluña, cofundó la Asociación de Maestros Rosa Sensat, dirigió la escuela Thau —que tomaba como modelos a Pestalozzi y a Kerschensteiner—, escribió su tesis sobre la Declaración Universal de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas de 1959 y defiende la interlocución con el niño, desde la naturalidad y el respeto mutuo.

  


 

* Periodista. Entrevista publicada originalmente con el título “Los derechos de los niños: lo más urgente es escucharlos” en Cuadernos de Pedagogía, núm. 459, septiembre de 2015.

 

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