Leo Pahkin

El secreto del sistema educativo finlandés

Leo Pahkin

 

Leo Pahkin es consejero de políticas educativas en el Ministerio de Educación de Finlandia. Con más de 30 años de experiencia, primero como maestro y, más tarde, como formador de profesores y asesor de escuelas, Pahkin conoce a fondo el que muchos consideran el mejor sistema educativo del mundo. Sereno, analítico, pero con firmes convicciones, nos ofrece un cuadro completo de un modelo profundamente equitativo, del que su propia trayectoria es un ejemplo vivo.

 

  

Seguramente le habrán hecho muchas veces esta pregunta: ¿cuál es el secreto del sistema finlandés?

Nuestro modelo está basado en cinco principios: 1) una política educativa común, consistente, que no cambia con los gobiernos; 2) una visión de futuro, porque nunca olvidamos que nuestros alumnos estarán en el mercado al cabo de 12 años; 3) la equidad, que podría resumir con la célebre frase: “A cada cual según su necesidad, y de cada cual según su capacidad”; 4) la descentralización: los ayuntamientos son los auténticos responsables de la educación, pues elaboran el currículo y nombran a los equipos directivos; 5) una cultura basada en la confianza. Confiamos en las personas desde que empiezan en el jardín de infancia. A partir de los seis o siete años van solos andando al colegio, por caminos escolares especialmente diseñados. La escuela es un servicio de proximidad en todos los sentidos.

 

¿Y hasta ese momento?

Entendemos que antes de esa edad la educación no es un asunto de la escuela sino de la familia y de la comunidad. En los centros cívicos las familias que no desean escolarizar a sus hijos hasta la etapa obligatoria (a partir de los siete años) disponen de todo lo necesario para compartir el tiempo con otros niños y niñas. Las bibliotecas municipales son otra pieza fundamental del rompecabezas. No sólo la escuela educa; también el entorno.

 

Si el sistema está completamente descentralizado, ¿cómo consiguen armonizar el conjunto?

Nuestro currículo se articula en tres niveles: nacional, local y del propio centro. A nivel nacional se plantean simplemente unos mínimos que dejan un amplio margen de autonomía a los otros dos. En el área local cada uno de los 360 ayuntamientos define los contenidos curriculares de las escuelas a su cargo, que pueden ser más o menos precisos. Los centros, por su parte, elaboran sus proyectos educativos adaptando los currículos a sus características y prioridades. Gestionan su propio presupuesto, contratan y pagan a los profesores, compran materiales, deciden el número de horas que van a dedicar a cada área temática, organizan los horarios y la formación de grupos… La línea jerárquica es corta, flexible y reactiva; sólo tiene tres eslabones.

 

Tengo entendido que prácticamente todas las escuelas son públicas. ¿Es así?

También tenemos algunas privadas, pero es verdad que en proporción son muy pocas: unas 60 frente a 2,700 públicas. En Finlandia se considera ilegal cobrar dinero de los bolsillos de los padres para educar a sus hijos, porque la ley dice que todos los ciudadanos tienen derecho a una educación gratuita. De modo que si quieres montar una escuela privada necesitas un permiso especial del gobierno y, una vez lo consigues, también recibes una subvención. Algunos centros privados son religiosos o ponen mucho énfasis en un enfoque pedagógico determinado: Montessori, Waldorf… Pero todos siguen nuestras orientaciones.

 

Dice usted que la política educativa es estable, que no cambia con los gobiernos.

El currículo nacional tiene sus propios ritmos: se renueva cada 10 años mediante un debate político e institucional que también se traslada a los ayuntamientos y a las escuelas. Todo el proceso dura unos cuatro años; es totalmente democrático y participativo. Lo más importante son las negociaciones, los acuerdos, las relaciones humanas…

 

¿Qué papel juegan los profesores?

Sin duda un papel esencial. Hace un momento le enumeraba los cinco principios básicos en los que, desde mi punto de vista, reside el éxito del modelo finlandés. Pero si tuviera que reducirlos a uno solo, si pudiera indicarle la piedra angular sobre la que se apoya todo el edificio, yo diría que es la autonomía de los profesores. Realmente confiamos en ellos. Para empezar, no tenemos inspectores. Y usted me preguntará: ¿cómo se aseguran entonces de la calidad de la enseñanza? ¿Quién la garantiza si no hay inspectores? Pues bien, la respuesta es ésta: la confianza. Y no varía a lo largo de los nueve años de escolarización: de primero de primaria al último curso de secundaria el sistema es el mismo.

 

Confianza ¿y nada más?

También es importante la formación inicial en la universidad. La profesión está muy valorada y hay tantos candidatos que podemos estar seguros de que son los mejores. Estudian su área temática y también los enfoques pedagógicos más innovadores. Aprenden a utilizar distintos métodos y materiales, e incluso a crearlos ellos mismos y no sólo a usar libros de texto. Son capaces de evaluar los estilos de aprendizaje y el grado de autonomía de los alumnos, para adaptar la enseñanza a sus necesidades. Otro ingrediente importante es el tamaño de las escuelas. Muchas son pequeñas. Casi 30% de las que imparten la educación básica obligatoria tienen menos de 50 estudiantes y unos dos o tres profesores.

 

¿Cómo valoran entonces la labor docente?

Cada escuela realiza su propia autoevaluación una vez al año. Aunque están obligadas por ley, nadie las controla. La información es exclusivamente para el equipo docente. Analizan sus fuerzas, sus debilidades y sus principales retos. A partir de ahí elaboran la estrategia para el siguiente curso. Si, por ejemplo, necesitan mejorar los resultados en el área de lengua, pueden decidir integrarse a alguno de los programas nacionales de desarrollo que les ofrecemos. Trabajamos en red, formamos equipos, los asesoramos, llevamos a cabo el seguimiento. Pero, como le decía, la participación es libre: todo está basado en la confianza y en la responsabilidad.

 

¿Tampoco miden el rendimiento de los alumnos?

En la formación básica, hasta los 12 años, no existen notas ni exámenes. Los profesores redactan un informe de evaluación cualitativa entendida como un proceso. Valoran las habilidades que han adquirido sus alumnos y les dicen dónde y cómo pueden desarrollarlas. A partir de secundaria se aplican algunos exámenes, pero no damos mucha importancia a la nota porque los profesores son humanos y pueden equivocarse. Además, se tienen en cuenta otros factores, como la participación y el trabajo en equipo… A los dieciocho años hacen el primer examen nacional. A veces, algunas familias de primaria presionan para que puntuemos a sus hijos. Pero nosotros siempre les decimos que poner notas demasiado pronto destruiría el sistema…

 

Entonces, aparte de PISA, ¿no tienen pruebas diagnósticas externas?

Hacemos una especie de auditorías. Cada año los servicios centrales seleccionan una muestra de escuelas, en diferentes asignaturas. Nuestro objetivo no es establecer rankings, sino contribuir a su desarrollo. Pasamos algunos test y cuestionarios a los alumnos y analizamos otros detalles, como las tareas. Los profesores nos explican su manera de trabajar y nos muestran su plan de trabajo anual. Estudiamos la formación de grupos, la cultura escolar… Después, les entregamos un informe en el que les indicamos si están por encima o por debajo de una media y les ofrecemos propuestas concretas de mejora.

 

¿Puede darme algún ejemplo de “mínimos nacionales”?

Los objetivos están organizados por etapas del desarrollo: de seis a nueve, de nueve a 12 y de 13 a 16. Lo más importante no son los contenidos sino lo que los alumnos saben hacer al final de los ciclos. No es lo que les enseñamos sino cómo se los enseñamos y cómo aprenden. Hemos identificado una serie de competencias clave para el siglo XXI que son transversales: pensar y aprender a aprender; cuidar de uno mismo y de los demás; ser capaz de expresarse, de comprender y manejar unas coordenadas culturales; el multialfabetismo (manejo de números, figuras, curvas, letras…), y, por último, saber participar en la vida social de manera democrática y sostenible. La transversalidad, la cooperación entre áreas y personas es esencial. Si quieres que aumente la curiosidad, déjales que pregunten. Si te interesa que sepan resolver problemas, plantéales actividades que estén conectadas con la vida real y permite que busquen las soluciones juntos, porque además así aprenden a trabajar en equipo.

 

Imagino que la descentralización también implica una mayor carga económica para los ayuntamientos.

En efecto. Los mayores costos los pagan las municipalidades, que entienden su labor educativa como una inversión y quieren recuperarla. Desean formar buenos ciudadanos con una auténtica cultura democrática, que se involucren, que participen en la sociedad, que ayuden a los demás y que contribuyan al bienestar de todos. También necesitan trabajadores altamente cualificados, no para los empleos de hoy sino para las profesiones de mañana, las que existirán dentro de 12 años. Esto requiere anticipar el futuro, hacer un esfuerzo de prospectiva. Finlandia es un país pequeño y su principal recurso son las personas. Por eso la educación está situada en el centro de nuestra sociedad como lo demuestran las cifras: tenemos alrededor de un 1,200,000 estudiantes y profesores, y más de 300,000 trabajadores en los servicios de apoyo: conductores, cocineros… En total, un millón y medio de personas para una población de sólo cinco millones y medio.

 

¿Cómo enfocan la educación para la ciudadanía?

Fomentando la participación. Cuando nuestros jóvenes se hagan mayores tendrán que tomar muchas decisiones. La escuela es el mejor lugar para explorar y desarrollar la capacidad de elegir, para aprender a arriesgarse sin miedo a equivocarse. Por eso los animamos a elaborar las normas, de forma democrática. Los niños y las niñas siempre tienen ideas originales, y ven y hacen las cosas de maneras distintas a los adultos. Nuestro papel es apoyar su creatividad. En los primeros años simplemente descubren y comprenden, a través del juego, el sentido de las reglas. Un poco más adelante empiezan a crear sus propias normas de clase. Cada grupo elige a uno o dos representantes que llevan al comité del centro sus propuestas de mejora. Dan muy buenas ideas y los docentes y la dirección los ayudan a implementarlas. Es muy importante que pueda oírse su voz, que se sientan escuchados. Eso los convierte en aprendices activos.

 

También contribuye a su bienestar…

Sin duda. Y ese bienestar, aunque sea una sensación subjetiva, para nosotros es la base fundamental de la educación. Nuestro principal objetivo es que las personas se sientan bien. Si tenemos niños y niñas preocupados, hambrientos o enfadados, pongamos por caso, es imposible que aprendan. Cuidar el bienestar es un asunto de todos. Por eso nuestras escuelas ofrecen comida a sus alumnos y disponen de espacios adaptados, de servicios médicos y psicológicos… Antes de emprender cualquier actividad es esencial hacerlo en las mejores condiciones.

 

Me hablaba de métodos pedagógicos innovadores.

Puedo contarle algunas experiencias. Por ejemplo, hemos detectado que hoy la lectura interesa menos a los jóvenes, posiblemente debido a las nuevas tecnologías. Para fomentarla y conseguir que sean lectores más activos a veces se organizan competiciones entre los grupos. Se hacen equipos por clases y unos alumnos estimulan a otros. Para la enseñanza de las ciencias y las matemáticas creamos laboratorios. En lugar de pedir a los alumnos que aprendan de memoria fórmulas abstractas, les proponemos que realicen mediciones de distintos objetos y variables: longitudes, pesos, luces, fricciones… Miden muchas cosas y luego los animamos a establecer conexiones, a buscar las relaciones entre las distintas medidas. Son situaciones dinámicas e interesantes para ellos que les permiten adquirir los conceptos de manera intuitiva, a partir de la experiencia concreta. Otra intervención innovadora es ofrecer apoyos en los cambios de etapa. Hemos detectado que son periodos muy delicados para los alumnos; por eso ponemos a su disposición profesores especializados que los acompañan para favorecer la transición entre niveles, con muy buenos resultados.

 

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, dentro de una década 60% de los puestos de trabajo actuales cambiarán o desaparecerán debido a la inteligencia artificial.

El desarrollo tecnológico es un fenómeno imparable. La competición con los robots bajará el precio de la mano de obra. Se crearán tensiones sociales. Es evidente que las máquinas tendrán que cotizar y pagar impuestos para asegurar la redistribución de la riqueza.

 

¿Y si las empresas se deslocalizan?

Las compañías no se marchan de nuestro país para no pagar impuestos. Saben que las tratamos mejor que en otros lugares, que gozan de un entorno seguro y que disponen de una mano de obra más y mejor cualificada.

 


 

De familia humilde, Leo Pahkin nació en un pequeño pueblo del este de Finlandia. Su padre combinaba la profesión de agricultor con la de conductor de autobús y su madre se ocupaba de las tareas domésticas. En aquella época la escuela sólo era gratuita hasta los 11 años: “Después, si optabas por una enseñanza académica, tenías que pagar”. Entre 1968 y 1975 la Constitución de Finlandia reconoció el derecho universal a una educación gratuita y se emprendió una enorme reforma. Pahkin pudo optar por estudios superiores y se interesó por las matemáticas, la física, la química y la informática. Guarda muy buenos recuerdos de sus profesores, a quienes admira profundamente: “Fueron grandes modelos para mí”. Por eso, ya en la universidad, decidió dedicarse a la enseñanza.

Sus primeros pasos como docente en la formación de adultos, cuando aún era estudiante, fueron muy positivos. “Los profesores necesitamos tener experiencias diversas, abrirnos al mundo, conectarnos con la sociedad.” En su primer destino, un centro de primaria, empezó a asesorar a otros maestros y, desde entonces, no ha dejado de hacerlo. Hoy dirige un equipo de expertos que ayuda a las escuelas a implementar las políticas nacionales, principalmente en matemáticas y ciencias. Además, colabora con diversos organismos internacionales y ha impartido conferencias en más de 40 países. Por sus orígenes modestos, Leo Pahkin es un ejemplo vivo de un sistema basado en la igualdad de oportunidades. Porque, como suelen decir en su país, “no podemos permitirnos desperdiciar ningún cerebro”.

 

 


 

 

* Formadora, asesora, y ponente internacional. Entrevista publicada originalmente con el título “El secreto del sistema finlandés es la confianza en los profesores” en Cuadernos de Pedagogía, núm. 483, noviembre de 2017.

 

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