María Urmeneta

Una maestra en el hospital

María Urmeneta

Esta maestra no tiene aula: atiende a sus alumnos uno a uno en su habitación de hospital. Los acompaña para preparar un examen de ecuaciones, para escribir a sus amigos del instituto, para ganar al dolor de cabeza con una toalla mojada y para ahuyentar a los monstruos que se cuelan por las paredes del hospital. En esta entrevista habla de la vida, de la enfermedad, de los tratamientos médicos y de la muerte. La muerte: una palabra para la que no valen los eufemismos.

 

 

¿Qué pasa en la escuela de un hospital?

¡Lo primero de todo, que no tienen ningún problema de marcas, todos van en pijama! Bromas aparte: entras por la mañana y no sabes a qué niños vas a poder dar clase hoy: no sabes qué edad tendrán los nuevos, de dónde vienen o cómo está aquel que ayer dejaste en la Unidad de Cuidados Intensivos; no sabes si no lo vas a poder saludar nunca más. No sabes tampoco si un niño del hospital te va a pedir que le ayudes a preparar un examen porque las funciones trigonométricas no le salen bien. Es la aventura de cada día.

 

¿Esto la hace sentir insegura?

Sí, quizás. A veces piensas: “¡Uf!, con todo el trabajo que tengo hoy, cuando querría y tendría que estar con ese niño, que creo que lo necesita, ahora dedícate a buscar esto”. Además, francamente, soy muy crítica con los currículos. A veces me digo: “¿Qué les aporta esto a su vida?” Y más aquí, donde la mayoría de mis alumnos son niños y niñas enfermos de cáncer: resulta que quizás esa noche han tenido fiebre, o deben ponerles un catéter, o la quimio les ha sentado fatal. ¿Cómo voy a dar estos contenidos? Fácil: priorizo lo más importante.

 

Infancia y cáncer. Cuando se teme por la vida, ¿qué aporta la escuela?

En realidad, se teme por la proximidad de la muerte, que viene a ser lo mismo. Cuando a un niño se le diagnostica una enfermedad de la magnitud de un cáncer, se trunca la perspectiva de proyecto de vida, pero la escuela se mantiene, y en ella se trabaja para mantener la confianza y no olvidar el deseo de que haya un proyecto vital.

 

¿Cómo se explica a un niño que tiene cáncer?

Normalmente, cuando se le comunica el diagnóstico, no se utiliza la palabra cáncer, al menos con la infancia. En el caso de una leucemia, por ejemplo, le dirán que vino al hospital porque tenía unos moretones, o sangraba, o estaba muy cansado; que en los análisis han visto que tiene una enfermedad en la sangre, y que para curarse deberán hacer un tratamiento determinado y que será largo. Puede ser que el niño pregunte más o menos: ¿qué enfermedad tengo?, por ejemplo. Pero depende de la edad, el impacto, el momento vital del niño, la familia; depende de muchos factores. Hay quien necesitará saber todo el protocolo que le van a aplicar y quién no, con lo que le digan ya se quedará satisfecho, pero en ambos casos llega el momento de asimilar que su vida ha cambiado.

 

Es difícil…

Sí. El primer paso es aceptar la enfermedad, lo cual es difícil también por todo lo que conlleva, porque supone romper con el día a día del presente y replantearse el futuro. El niño enfermo entra en un mundo totalmente desconocido: con unas normas, mucha preocupación, incertidumbre, un gran temor, malestar, medicaciones con duros efectos secundarios… Para la familia, además del gran impacto, está ver cómo se organiza: ¿cómo cuidar a los otros hijos?, ¿qué va a pasar con el trabajo?, por ejemplo. Es la vida: parece que no nos cabe nada más y ahora va a tener que caber esto.

 

¿Cuál es su papel como maestra en el hospital?

Mi papel es de maestra, simplemente, porque el aspecto educativo es fundamental. Entro en la habitación de ese niño o ese adolescente enfermo, me presento y procuro dar respuesta a lo que él necesite en este momento vital. Intento motivarlo, especialmente a nivel educativo, aunque en una situación como la enfermedad se abarcan otros niveles. Suelo preguntar: “¿Qué te ha dicho el médico?” y “¿esto qué quiere decir?” Ellos me informan de lo que saben, y así yo me sitúo en su mundo, en su nivel de información. Te hablan de niveles de linfocitos, de leucocitos y de plaquetas con una gran naturalidad y un conocimiento impresionante. De quimio, de radioterapia, de un tumor, de leucemia... Pero no de cáncer.

 

¿Es bien recibida?

Como toda maestra de hospital, tengo una gran ventaja de partida: todo el mundo sabe o intuye a qué se dedica un maestro y, además, quizás soy el único profesional que no crea recelo. Un médico, una enfermera o un técnico (una bata blanca) pueden traer una mala noticia, una jeringa o llevarte a una prueba. En cambio, todos sabemos a qué se dedica una maestra, no olvide que en esta época también es muy importante estudiar y avanzar.

 

¿Qué papel debe desempeñar la escuela de origen en la etapa de hospitalización o enfermedad?

Mi mensaje para la escuela es contundente: este niño hospitalizado siempre será su alumno; son ustedes quienes lo han visto crecer; tú eres su maestra. Yo también, pero no es lo mismo. Pido insistentemente que la escuela y el docente no se olviden del niño hospitalizado, el niño enfermo; que en clase se haga presente al ausente.

 

¿Cómo?

Un ejemplo: normalmente, poco después del ingreso, el niño escribe una carta a sus compañeros. Pedimos a la maestra que lea la carta en grupo y que la cuelgue en la clase, de manera que los niños y las niñas recuerden a su compañero. Es una manera de hacer presente al ausente: sí, sé que la carta queda integrada en el paisaje, pero bueno, ya procuro enviar una de un color y otra de otro, para que destaquen. Todos los niños hospitalizados suelen preguntar cosas similares: ¿cómo fue la excursión?; ¿fulanito se ha puesto bien?; he hecho esto, ¿te gusta? Y llega la gran pregunta, la más importante y, a veces, el motivo de la carta: ¿me escribirás pronto? ¡Que no lo olviden!

 

Y los compañeros de estos niños y jóvenes, ¿responden?

Depende mucho del lugar que ocupe ese niño en el grupo clase. A veces los amigos no saben qué decir. O al revés, el niño enfermo se cansa de informar: “Es un rollo, sólo me preguntan cómo estoy y no hablamos de nada más”. Superado el paso de informar, se trata de canalizar la conversación hacia otros temas, y aquí a veces nos perdemos. También ocurre con los adultos: ¿cómo le voy a contar que he ido a esquiar si él no puede venir? Queda mal. Pero lo que ocurre es que el niño hospitalizado al final se entera y entonces se siente desplazado: “¿Por qué no me lo ha dicho, acaso no somos amigos?” Hay que asumir que los dos siguen juntos, pero que sus momentos de vida son muy diferentes y las experiencias que viven también lo son.

 

Llega la recuperación: ¿qué sucede cuando se incorporan a la vida normal, a la escuela o al instituto?

Los padres empiezan a temblar porque hasta entonces se han pasado 24 horas del día pendientes de su hijo y, de repente, deben dejarlo a la intemperie. El maestro también siente miedo: si le pasa algo, ¿qué tengo que hacer?, ¿cuál es el signo de alarma? Y el propio niño debe acostumbrarse a una rutina —deseada y suspirada, cierto—, pero que le exige estar seis horas trabajando e integrarse al grupo… De todas maneras, la enfermedad no se olvida: el temor a la recaída existe y no se desvanece en años.

 

¿Suelen integrarse bien al grupo?

Hay un cierto desencaje. El niño enfermo ha vivido en un mundo blanco y ha avanzado hacia un lado, mientras su amigo ha evolucionado hacia otro. El nivel de maduración es muy distinto pero generalmente acaban hallando un punto de encuentro. Ellos descubren que hay más cosas en el mundo que su enfermedad y bajan un poco el nivel. Y los otros lo suben. El peligro es otro.

 

¿Cuál?

Que si no logran reintegrase, se refugien en el entorno de la enfermedad, en los compañeros que han dejado en el hospital, con una tanda de quimio, y que sí saben de lo que está hablando. No es saludable. No es que deban renegar de esta etapa de su vida que, aunque pueda sonar mal, también los ha hecho crecer, los ha enriquecido. Y lo digo porque algunos antiguos alumnos así lo han manifestado; pero deben conservar esa etapa en su interior y mirar la vida de frente.

 

¿Cómo se mantiene una sonrisa y un buenos días?

El otro merece que yo esté al cien por ciento. Cuando empecé a trabajar en el hospital determiné que en el momento en que la muerte de uno de estos niños me superase, tendría que dejar el trabajo. No ha pasado, y me alegra que haya sido así. El momento de la muerte es terriblemente duro. Eso es obvio. Pero nos queda el consuelo de todos esos pequeños momentos intensos, como la toalla fría en la frente de Laia o el protector antimonstruos de aquel niño. Esto es una pasada: ¡tener la oportunidad, la suerte, de dar paz a un niño que llora!

 

¿Qué necesita un docente hospitalario?

Lo primero que descubrí cuando entré aquí es que ejercería mi profesión siendo una figura atípica. Trabajaría en medio de dos grandes armatostes: un hospital, con miles de empleados y una sola maestra, y el Departamento de Enseñanza, con miles de profesores pero sólo algo más de una docena en hospitales. Aquí estás sola, no tienes el apoyo de un claustro, y cumples todos los papeles del aula: además de dar clase, que es lo prioritario, así como contactar con cada escuela o instituto de cada alumno crónico, recibes visitas, gestionas los correos dirigidos al centro, tienes reuniones diversas, hablas con el departamento, compras el material, montas un mural... Necesitamos ser considerados como profesionales; ser respetados, apoyados y valorados.

 

En su escuela a menudo invita a los alumnos a formular deseos de futuro. ¿Cuál es el suyo?

Me encanta hablar del futuro con un niño hospitalizado; es una manera de invitarlo a sentir que su vida debe seguir y que seguirá. ¿Qué me gustaría a mí? Pues que no hubiera niños enfermos ni hospitalizados, pero esto es una utopía. Como deseo, quiero que el niño enfermo sea comprendido, que sea amigo de sus amigos, que sea cuidado, que sea atendido con ternura profesional, que reciba un trato exquisito. Porque no es un cuerpo que hay que curar, sino un ser humano que sufre en un entorno que también sufre. Merece lo mejor de cada persona que lo trata. Creo que es nuestra responsabilidad y nuestro deber, tanto personal como profesional e institucional.

 


 

* María Urmeneta es maestra de la Escuela para Niños del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo de Barcelona, España. Entrevista publicada originalmente con el título “Voy a cuerpo y recibo mucho más de lo que doy” en Cuadernos de Pedagogía, núm. 463, enero de 2016.

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