Mario Molina

“En mi época de estudiante, la escuela sólo servía para memorizar”

Mario Molina

 

A diferencia de lo que sucedía hace algunas décadas, cuando el enfoque pedagógico se centraba casi exclusivamente en la memorización, hoy existe una mayor conciencia —también en la Secretaría de Educación Pública— de la necesidad de diseñar programas enfocados en la investigación y en el aprendizaje activo, lo cual, afirma el científico mexicano Mario Molina —Premio Nobel de Química en 1995—, es el mejor camino para incentivar las vocaciones científicas.

  

¿Qué tan fácil es ser científico en México, doctor?

No es fácil. En América Latina es poca la cultura o la tradición para cultivar e impulsar el estudio y la práctica de la ciencia. Desde hace años aquí se han preferido las humanidades y las artes.

 

¿A qué atribuye esta preferencia? ¿A factores históricos o a una política deliberada de los países desarrollados para mantener a la zaga a los menos desarrollados?

Sobre todo, a factores históricos. Por otro lado, siempre he criticado que algunos países hayan querido reservarse el monopolio para hacer ciencia, aduciendo que ésta es un tema de naciones prósperas. Afortunadamente esto ha cambiado mucho y hoy día la ciencia es universal.

 

Déjeme pensar en un ejemplo que tiene que ver con lo que usted dice: el artículo 154 del Código Penal de la Ciudad de México impone hasta seis años de prisión a quien cree seres humanos por clonación o realice experimentos de ingeniería genética “con fines ilícitos”… ¿Esto se hace para garantizar la patente de los países industrializados mientras los menos desarrollados se autolimitan en nombre de la ética?

En este caso no. Desde que Watson y Crick descubrieron la estructura del ADN y las posibilidades de manipular nuestra estructura genética, muchos científicos han analizado el tema: la conclusión es que deben realizarse investigaciones genéticas, sí, pero reguladas. Yo mismo he firmado manifiestos al respecto. Si al manipular una planta algo sale mal ésta puede desecharse. Un ser humano es diferente. 

 

¿Qué debe hacer la comunidad internacional para garantizar el uso adecuado de la ciencia?

La ciencia no es buena ni mala, pero puede ofrecer grandes beneficios a la humanidad.  Por eso los científicos debemos estar en permanente comunicación con políticos, empresarios, intelectuales y comunicadores para acercarla a la comunidad y garantizar que esta comunidad aproveche sus avances, acoplándola al progreso. La ciencia tiene que ver con las conclusiones basadas en observaciones y no en creencias. Conceptos como libertad, justicia, igualdad y democracia no son intrínsecos a la ciencia, pero sí son indispensables para la convivencia humana.

 

¿Un ejemplo de esta falta de acoplamiento podría ser el caso de las semillas estériles que comercializan algunas empresas para mejorar el producto y, al mismo tiempo, para garantizar que se les siga comprando a ellas?

Es un buen ejemplo, sí. Los alimentos genéticamente modificados, como los impulsó Norman Borlaug, fueron excelentes. Esos mismos alimentos, como los producen las empresas a que usted se refiere, sin embargo, son inadmisibles.

 

Volvamos a usted: ¿cómo despertó su vocación científica?

A través de mi gusto por la lectura. Empecé leyendo novelas de piratas y, un buen día, cuando tenía 11 años, empecé a leer biografías de científicos: Leeuwenhoek, Pasteur y Marie Curie. Recuerdo, en especial, Los cazadores de microbios, de Paul de Kruif. Fue así como me interesé por la ciencia y por la posibilidad de empezar a experimentar, investigar y llegar a nuevas conclusiones…

 

¿Contribuyó a esto la escuela?

No. Todo esto lo hice por mi cuenta, fuera de la escuela. En mi época de estudiante, la escuela sólo servía para memorizar.

 

¿Qué tan diferentes son las cosas en la actualidad?

Las academias de ciencias y hasta la propia Secretaría de Educación Pública ya están pendientes de cómo aprenden los niños. Se han diseñado programas enfocados en la investigación y en el aprendizaje activo, esto es, en las posibilidades de que los niños aprendan ciencia haciendo ciencia, llevando a cabo experimentos y alcanzando resultados. Cuando esto ocurre, las vocaciones se incentivan.

 

Una vez descubierta la vocación, ¿qué sigue? ¿Qué consejo daría usted a un joven científico mexicano?

Descubierta la vocación, lo más importante es decidir el campo en que se va a trabajar. Luego, elegir el enfoque: ¿teoría?, ¿experimentación?, ¿investigación? Finalmente, hay que trabajar con personas afines a uno. Si bien no hay límites para la creatividad personal, hoy casi toda aportación es producto del trabajo en equipo.

 

¿Se puede lograr una aportación sin salir de México?

Por supuesto. Pero siempre es recomendable salir del país para complementar y ampliar los estudios realizados aquí. Trabajar con científicos e investigadores de otros países nutre mucho el campo de la experimentación y el aprendizaje. Para ello, recomiendo aprender muy bien el inglés, pues éste es considerado el idioma universal para comunicarse con científicos de diferentes partes del mundo.

 

¿Qué obstáculos deben contemplarse?

El principal es lograr que lo admitan a uno en una universidad extranjera. Luego, hallar los recursos para viajar y estudiar. Pero el sistema de becas ayuda. Conacyt hace esfuerzos destacables, y si se tienen buenas notas en la universidad, todo se facilita.

 

¿Qué deben tener bien claro las autoridades educativas al respecto?

Tienen que impulsar el aprendizaje activo por todos los medios. Cuando alumnos y maestros ven resultados, unos y otros responden muy bien de manera sorprendente.

 

Usted hace algo de esto hoy día, ¿verdad?

En efecto. En INNOVEC —Innovación en la Enseñanza de las Ciencias— hemos reunido a medio millón de niños para involucrarlos en estos temas, y en el centro de estudios que encabezo nos hemos volcado en la organización de cursos sobre el cambio climático, dirigidos a secundarias y preparatorias. El cambio climático es un tema relevante en nuestros días, pero también es un pretexto para descubrir vocaciones y dar un empujón a las ciencias en México.

 

¿Cuáles son las herramientas con las que trabaja?

Echamos mano de programas piloto que nos permitan aprovechar los medios modernos de aprendizaje activo y de comunicación. Internet ha sido utilísima. Queremos educar a miles de niños y ya estamos en contacto con la UNAM para llegar a muchas escuelas.

 

¿No han pensado en quienes ya no están en la escuela?

Desde luego. Contamos con programas de educación informal. Si no involucramos a todo el mundo en la preservación del medio ambiente, las próximas generaciones verán decrecer su nivel de vida. Hoy corremos el riesgo de que grandes partes del planeta habitables se vuelvan inhabitables. Las olas de calor y los incendios forestales son, apenas, focos amarillos de lo que puede ocurrir a gran escala.

 

Permítame salir del tema: si pudiera conversar con un científico de la historia, ¿a quién elegiría?

A Albert Einstein. No sólo fue un gran físico teórico sino un activo promotor de la paz en el mundo.

 

¿Le gusta más que Bohr?

Sí. Aunque el estudio de la física cuántica pareció darle la razón a Bohr el siglo pasado, creo que, al final, daremos con una teoría que unifique la forma de entender el mundo macroscópico y el de las partículas subatómicas. Einstein prevalecerá.

 

Una última pregunta: ¿cuál es su elemento favorito en la tabla periódica de los elementos?

El flúor. Sobre él he trabajado y lo conozco bien. Fue el tema de mi tesis doctoral en Berkeley.

 


 

Mario Molina Pasquel y Henríquez es ingeniero químico egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, con estudios de posgrado en la Universidad de Friburgo, Alemania, y con doctorado en fisicoquímica por la Universidad de California, Berkeley, en Estados Unidos.

Es un pionero y uno de los principales investigadores a nivel mundial de la química atmosférica. Fue coautor, junto con F.S. Rowland en 1974, del artículo original “Prediciendo el adelgazamiento de la capa de ozono como consecuencia de la emisión de ciertos gases industriales, los clorofluorocarburos (CFC)”, que les mereció el Premio Nobel de Química. Asimismo, sus investigaciones y sus publicaciones sobre el tema condujeron al Protocolo de Montreal de las Naciones Unidas, el primer tratado internacional que ha enfrentado con efectividad un problema ambiental de escala global y de origen antropogénico.

Fue profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, profesor e investigador de la UNAM, de la Universidad de California, en Irvine, y del Laboratorio de Propulsión a Chorro del Instituto Tecnológico de California.

Es miembro de la Academia Nacional de Ciencias, del Instituto de Medicina de Estados Unidos, de la Pontificia Academia de las Ciencias del Vaticano, de El Colegio Nacional, de la Academia Mexicana de Ciencias y de la Academia Mexicana de Ingeniería.

Por su labor y su contribución a la ciencia ha recibido numerosos galardones, incluyendo más de 40 doctorados honoris causa, el Premio Tyler de Energía y Ecología en 1983, el Premio Sasakawa de las Naciones Unidas en 1999, el Premio Nobel de Química en 1995 y el Premio Campeones de la Tierra que otorga la Organización de las Naciones Unidas. Es el primer mexicano en recibir la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos.

Actualmente, es investigador de la Universidad de California en San Diego, donde forma parte del Departamento de Química y Bioquímica y del Instituto de Oceanografía SCRIPPS, una de las instituciones líderes en la investigación de los fenómenos asociados al cambio climático.

En México preside desde 2005 un centro de investigación y promoción de políticas públicas que lleva su nombre, donde realiza estudios estratégicos sobre energía y medio ambiente, en particular en los campos de cambio climático y calidad del aire.

  

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