Pedro Miguel Etxenike

Un apasionado de la ciencia y de la educación

Pedro Miguel Etxenike

 

Pedro Miguel Etxenike, el científico e investigador vasco de mayor renombre a nivel mundial, es una persona apasionada y comprometida con la sociedad que intenta transmitir el valor de la ciencia. En esta entrevista nos habla de qué significa ser un ciudadano científicamente informado, cuáles son los límites éticos de la ciencia, cómo fomentar en el alumnado el amor a la ciencia y cuál es el secreto de una buena educación.*

 

 

¿Por qué a la mayoría del alumnado le resultan tan difíciles las ciencias?

Las ciencias siempre me han parecido más fáciles que las letras. Si entiendes los conceptos, no necesitas estudiar mucho, al contrario de lo que ocurre con las letras. Es cierto que las ciencias exigen un mínimo de conocimientos básicos para poder avanzar, pero quizás sea porque muchos alumnos tienen la imagen de la ciencia como un conjunto de dogmas congelados y aburridos y no como una aventura intelectual y humana apasionante que ha cambiado el mundo en todos sus ámbitos.

 

¿Por conocimientos básicos se refiere a lo que tiene que saber un ciudadano científicamente informado?

Efectivamente. Creo que tiene que saber tres cosas: conocer los principios generales de la ciencia; por ejemplo, saber si un electrón es más grande que un átomo; si los antibióticos atacan más a los virus que a las bacterias; saber qué da vueltas alrededor de los planetas, nuestro lugar en el universo; que vivimos en los arrabales de una pequeña galaxia como otras cientos de miles de millones, o que la luz tarda un segundo en ir a la Luna, ocho minutos en ir al Sol y 100,000 años en cruzar nuestra galaxia…

 

¿Qué otros aspectos incluiría en ese saber científico?

Que sepan distinguir entre lo que es científico y lo que no lo es, y finalmente, ser conscientes de las implicaciones sociales, políticas y económicas de la ciencia.

 

¿Cree que actualmente salen con esta formación?

A mí me parece que mi hija de 15 años sabe muchas de estas cosas, como muchos de sus compañeros en una escuela normal. Sabe hacerse preguntas y reflexionar. A veces le pedimos al sistema educativo la solución a todos los males. La educación no puede convertirse en el reino de los eternos descontentos, como decía Bertrand Russell, citando a Tucídides, sobre la democracia. Se bloquean las escuelas con cosas que no le corresponden y no se valora lo que hacen. Dicho esto, me gustaría que las escuelas, más que informar, formasen.

 

¿A qué se refiere?

En la universidad se sabe mucho y se entiende poco, y creo que algo parecido pasa en el resto de las etapas. Entender significa pasar la información por una criba personal. Con ese conocimiento hecho propio podemos adaptarnos a los imprevisibles cambios futuros, hacernos nuevas preguntas y convertirlo en un instrumento de creatividad. Hay que huir de la idolatría de los contenidos, porque hoy el conocimiento se duplica cada dos años, y en cuatro años de carrera mucho de lo que has estudiado está desfasado. Otra idea muy extendida, con la que no estoy de acuerdo, es que el sistema educativo debe formar gente para el sistema productivo.

Creer sólo en el valor económico de la educación es poco económico y escasamente eficiente, además de otras cuestiones relacionadas con los valores. La educación liberal de Harvard o Cambridge, donde la flexibilidad, la heterogeneidad y la atención personalizada son la clave, es más rentable que todas esas propuestas. La prueba es que en España llevamos siete reformas y todas nos llevan al fracaso. Viajo mucho por el mundo, con largas estancias en los países nórdicos, y no se hace así. El secreto es otro.

 

¿Cuál?

Si tuviese que resumir el secreto de una buena educación sería: tener profesores bien formados, bien informados, bien remunerados y bien tratados socialmente. Ellos son los que transmiten el afecto por la asignatura y el eje de todo. Así es en Finlandia, pero no aquí, donde todo se resuelve con leyes, por lo cual tenemos una educación sobrerregulada e infrafinanciada.

El afecto por la materia es la mayor contribución que un docente puede hacer y, de hecho, cuando le preguntas a la gente por qué estudió ciencias, siempre se refiere a uno o a varios profesores que la marcaron.

 

¿Así se inició su interés por las ciencias?

En el bachillerato tuve profesores de gran valor. Y esa etapa es el eje vertebral de la vida de una persona, donde se forman los afectos personales y hacia las materias. Siempre he sacado buenas notas; dicen que tenía una memoria prodigiosa, y aunque me gustaba mucho la historia, tenía mucha más facilidad para lo cuantitativo. En cualquier caso, lo más importante es estudiar todos los días un poquito y que las clases sean un momento para aprender y no sólo para recopilar información, porque si no entiendes lo que te explican, luego te queda el trabajo más difícil. Esto lo interiorizamos, a una edad muy temprana, de mi madre, que era maestra, y que inculcó los hábitos de trabajo a sus tres hijos.

 

Por cierto, ¿es usted un profesor muy duro?

Todo el mundo piensa que yo, por haber tenido una carrera que algunos califican de exitosa, impongo un clima de suma exigencia, pero no es así. Hay tres fases en la vida de un catedrático: Sancho el fuerte, Sancho el sabio y Sancho Panza; pero cada vez pienso más que yo casi siempre he estado en esta última fase. Siempre he insistido en que lo importante es entender y me ha dolido mucho suspender. A mis alumnos suelo ponerles 10 problemas que abarcan toda la asignatura y les digo que uno de ellos va a caer.

 

Es un buen truco para que estudien toda la asignatura…

Efectivamente. Recuerdo a un alumno al que ya no le quedaban más opciones que el examen final y si lo suspendía no podía seguir la carrera. Le di una semana para que estudiara un problema. Cuando nos vimos, le pregunté y me empezó a contar historias, pero tuve que pararlo diciéndole: no sigas porque si lo haces no voy a poder aprobarte. Al cabo de algunos años me lo encontré en un aeropuerto, en un puestazo como jefe de marketing. Igual me estoy haciendo viejo, pero no hay que ser tan rígidos. Otra cosa es que mi asignatura hubiese sido una troncal, pero, aunque sea una pena, se puede vivir bien sin saber las ecuaciones de Maxwell.

 

En un grupo de alumnos, ¿se nota quién puede ser un buen investigador?

Sí, en los extremos; sobre todo se nota el que no lo será. Yo suelo dar una charla titulada “Consejos a un joven científico”, y por supuesto que hay cualidades que caracterizan a los científicos, pero no existe “el científico tipo”, y en esto discrepo de algunos colegas. Es una combinación de voluntad inquebrantable, tenacidad, obviamente cierta austeridad, conocimiento de lo básico, capacidad de trabajo, amor por lo que se hace. Pero también hay que andar con cuidado, porque algunos de los mejores investigadores no han sido los mejores estudiantes. Se han aficionado más tarde.

 

Antes hablaba de distinguir lo que es científico de lo que es falso, pero ¿por qué seguimos obnubilados por algo irracional como el supuesto fin del mundo predicho por los mayas?

Una cosa es que la ciencia no pueda responder ni explicar todo y otra que todo sea igualmente válido. Una sociedad debe estar científicamente informada, porque así es menos susceptible de manipulación por intereses particulares. La homeopatía, que yo sepa, no cuenta con avales científicos y si, por su uso, se retrasa un tratamiento científico de cáncer, sería algo inaceptable. Pero esto no es algo extraño; al que posiblemente ha sido el mayor científico de todos los tiempos, Newton, le pasaba algo parecido.

Albergaba creencias irracionales tremendas y se pasó mucho tiempo dedicado a la alquimia y a otras tareas de ese tipo. Todos tenemos ese doble componente, y eso indica la gran potencialidad del cerebro.

 

Es que hoy parece que sólo lo “natural” tiene prestigio.

Es una buena reflexión. Hace poco estaba sentado en un bar y en la conversación alguien, de modo despectivo, dijo, para concluir un tema: “Pero eso es química”. Lo dijo como si todos nuestros procesos naturales no fuesen química. Si el cuerpo no tuviese una barrera de activación tremenda frente al oxígeno y el agua, literalmente nos quemaríamos. Todos somos química y todo lo natural es pura química. Esta referencia a la química como algo externo y contrario a lo natural es otro ejemplo de irracionalidad.

 

Hablando de irracionalidades: ¿qué se puede hacer ante el rechazo a tratar en la escuela algunos temas relacionados, por ejemplo, con la biología o la genética por parte de algunos sectores sociales?

No tengo una solución. Posiblemente porque en cuanto te vas alejando de lo inanimado y entras en lo animado no puede haber una descripción tan certera o precisa que evite la controversia iluminada por las ideologías. Además, en el ámbito específico de la vida, las creencias son más fuertes. Tenemos 50,000 embriones como resultado de los tratamientos de reproducción asistida que no tienen viabilidad y hay gente que no quiere que se investigue con ellos, lo que me resulta difícil de entender.

 

Incluso aunque sirva para curar enfermedades…

Es cierto que la ciencia no puede contestar a todo de la misma forma en todos sus campos. La exactitud con la que la física contesta los problemas que trata no es la misma que la de la biología. La ciencia y las creencias no deberían confrontarse porque pertenecen a ámbitos distintos; cuando una entra en el ámbito de la otra se arma un lío. Hace un tiempo dije, y me causó problemas, que hoy hablan de Dios sobre todo los físicos, y los obispos hablan no sólo de biotecnología sino algunos también de la idea de la unidad de España como bien moral... El mayor producto del conocimiento es el aumento de la ignorancia: la ciencia avanza y crea otras preguntas; por eso es muy difícil fijar cuáles son los límites éticos de la ciencia.

 

¿Qué pretende transmitir en sus charlas para jóvenes?

Que entiendan lo que es la ciencia y elijan con conocimiento. Que, contrariamente a lo que muchos piensan, la ciencia es el arte de la imaginación. La ciencia ha sido capaz de responder a muchas preguntas clásicas de los filósofos griegos: sobre el tiempo, el espacio, el devenir, la causalidad... Cualquier hechicero de la Antigüedad jamás hubiese imaginado un origen del universo como el que muestra la ciencia: una gran explosión que va enfriándose y de la que surgen complejidad y conciencia. Es de una imaginación prodigiosa. Este aspecto cultural y hermoso de la ciencia es el que intento transmitir.

 

¿Salen convencidos de que la ciencia ha cambiado nuestra forma de vivir y nuestro mundo?

Les cuento que si alguien se parase a pensar qué es lo que ha hecho a lo largo del día, nos daríamos cuenta de que gran parte de esas actividades hace 100 años hubiesen sido mucho más desagradables. Hobbes decía sólo hace 300 años que la vida era sórdida, cruel y corta, excepto para una privilegiada minoría, añadiría yo. Y hace 200 años Rousseau decía: “La mitad de los niños morirán antes de cumplir los 14 años; Ésta es una cifra inmutable, no intenten cambiarla”. La ciencia ha tenido, a través de la tecnología, una labor humanizadora. Ha hecho la vida de la sociedad más agradable, menos dura; en definitiva, más humana.

 


 

Con un currículum de 140 páginas, ganador del premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1998, catedrático de física de la materia condensada, doctor por múltiples universidades y receptor de multitud de premios, Pedro Miguel Etxenike pudo haber elegido casi cualquiera de los centros de investigación más prestigiosos del planeta para desarrollar su labor. Sin embargo, decidió establecerse en el País Vasco a pesar de que no existían las infraestructuras de investigación necesarias. Es creador y presidente de Donostia International Physics Center, un centro de investigación puntero a nivel mundial, al que acuden frecuentemente premios Nobel e investigadores de prestigio.

 


 

* Entrevista publicada originalmente con el título “Un apasionado científico comprometido con el País Vasco”, en Cuadernos de Pedagogía, núm. 432, marzo de 2013.

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