Rosa Gálvez

¿Qué significa educar en una economía circular?

Rosa Gálvez

 

Para Rosa Gálvez, ingeniera peruana que vive en Canadá desde hace casi 35 años y en 2016 se convirtió en la primera senadora latinoamericana en la historia de ese país, no podemos darnos el lujo de dilapidar los recursos que a la naturaleza le ha llevado millones de años producir. Por eso aboga por la implementación de una economía circular, en la que el reciclaje y la reutilización sean los pilares fundamentales de la producción.

 

 

Cuéntanos acerca de tu trayectoria profesional. ¿Cómo fue tu educación y tu doctorado en ingeniería ambiental? ¿Cómo llegaste al parlamento de Canadá?

Cuando llegué a Canadá para estudiar maestría y doctorado, tenía yo una excelente base, ya que en Perú tuve la suerte de haber tenido profesores que venían de las Naciones Unidas. Había estudiado mucho y participado en proyectos sobre la calidad del agua y del desagüe, así como sobre el tratamiento biológico de aguas. Entonces, cuando llegué al posgrado en Canadá, seguí avanzando en dichos estudios y me ocupé de los desechos sólidos, de la producción de metano por desechos sólidos, de temas sobre la revalorización de la energía y, sobre todo, de la evaluación de impacto ambiental de proyectos de ingeniería.

Cuando uno evalúa el impacto de los proyectos de desarrollo lógicamente comienza a preocuparse por el ecosistema —los hábitats, la fauna y la flora de alrededor—, sobre el cual un determinado proyecto tiene efectos como los que se causan a las personas que viven en el lugar. Hablemos, por ejemplo, de un reservorio de agua para crear una hidroeléctrica: la solución de mercurio que se pone al agua afecta a los peces por la bioacumulación, lo que, a su vez, tiene efectos en las personas, ya que en su dieta incluyen salmón y truchas. Toda la fauna resulta afectada: los osos, los pájaros, los mamíferos, en una cadena de impactos que, al medirlos y comprenderlos, te lleva a la participación para ayudar a mitigarlos.

En un inicio, en todo proyecto que requería una evaluación previa se hablaba solamente del impacto directo, pero hoy sabemos muy bien que hay impactos secundarios e impactos acumulativos a corto, mediano y largo plazos. Hay contaminantes que producen efectos rápidos, pero hay otros con efectos latentes, que causan enfermedades. Mi trabajo en la evaluación de impacto ambiental me proporcionó un conocimiento global de las afectaciones en la estructura, en la gente, en el hábitat y en todo el ecosistema que debe visualizarse de manera holística. Por ello hoy en día nos referimos a la “evaluación de impacto” y no únicamente a la “evaluación de impacto ambiental”.

 

En nuestro imaginario, pensamos en Canadá como un país inmenso, lleno de recursos naturales, casi inacabables. ¿Cuáles son los principales retos para las comisiones a las que perteneces en el Senado?

Estoy en tres comisiones senatoriales. La primera y más importante es la de Energía, Recursos Naturales y Medio Ambiente, que presido, la cual revisa la nueva ley de impacto ambiental y la agencia que va a regular el petróleo. En esta comisión abordamos los tres temas, lo cual es muy importante, pues nos hace pensar holística y globalmente. También estoy en la Comisión del Desarrollo del Ártico y en la Comisión de Transportes y Comunicaciones.

Ciertamente, Canadá es un país con grandes recursos, pero tiene muchas áreas deshabitadas, a las que acuden algunas compañías para explotarlas, con la idea de que no hay nadie que se oponga. Esto también tiene que legislarse, porque cuando uno pierde un hábitat lo pierde para siempre.

 

¿Cuál debe ser el balance entre el crecimiento económico que va a beneficiar a una población y el impacto negativo sobre los recursos naturales?

Al respecto me parece muy importante el trabajo de las Naciones Unidas que ha sido adoptado también por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y por el Foro Económico Mundial, y que se refiere al desarrollo sostenible. Podemos seguir desarrollándonos, pero tenemos que tener en cuenta que los recursos son finitos, que hay recursos que no son recuperables y, por lo tanto, hay que ser eficientes en su uso, siempre pensando que los beneficios tienen que ser económicos y sociales.

 

¿Entonces es fundamental la evaluación de impacto antes de comenzar cualquier proyecto?

Sí. Primero hay que preguntarse por qué necesitamos tal o cual desarrollo. ¡Cuántas veces hemos visto proyectos que se construyen, que se asegura obedecen a una necesidad energética o industrial, y dos o tres años más tarde caen en bancarrota o no consiguieron trabajadores y finalmente todo fue un desperdicio! ¡Cuántos elefantes blancos no hay repartidos por el mundo! Siempre hay que empezar por reflexionar en la necesidad y después analizar las alternativas de métodos de producción y de energías. ¿Cuál produce menor impacto? Ahora hay muchas opciones: petróleo, carbón, solar, eólica, biomasa, hidráulica… La legislación de evaluación de impacto tiene que contemplar que el desarrollador haya analizado todas las opciones.

 

¿Qué tanta articulación existe entre los legisladores y las empresas que quieren hacerse cargo de los desarrollos?

En Canadá tenemos la nueva legislación de impacto ambiental con la cual está a favor la asociación de compañías mineras. La ley dice muy claramente que la actividad minera en sí misma no es sostenible, pero a través de ella se puede fomentar la sustentabilidad. Primero, debe contar con la licencia social, el consentimiento de los pobladores, negociar con ellos qué otras capacidades requiere esta comunidad para que, al final, cuando acaba el tiempo de la extracción, la comunidad tenga otros medios y otras capacidades para sostenerse. Aunque se utilice la mano de obra local, también se tiene que ofrecer educación a la gente. La compañía minera no puede sustituir al gobierno —ni al federal, ni al provincial, ni al local— en la tarea de construir escuelas u hospitales. Pero al gobierno, que recibe las regalías de la minería, le corresponde la edificación de escuelas y la guía en la construcción de una alianza social que beneficie a quienes viven ahí. También se exige a las compañías que reciben la concesión que coadyuven en el conocimiento y el consentimiento social, lo cual constituye un proceso educativo. Algunas compañías se contentan con comunicar: “Te comunico que voy a hacer este proyecto”, “Te comunico que hay una posibilidad de expropiación”, pero eso no es consentimiento; sólo es comunicar que va a haber un cambio. Ahora las leyes pueden normar y definir qué cosa es informar, hacer conscientes a los habitantes para que nombren sus representantes y en una negociación equitativa tengan información e igualdad de fuerzas.

 

Esto implica al tema educativo en el desarrollo de cualquier proyecto, ¿cierto?

Sí, la educación es clave en todo esto. Hoy en día en Canadá, en muchos de sus pueblos originarios y autóctonos, encontramos biólogos, trabajadores sociales y abogados que estudian sus obligaciones y sus derechos, así como su defensa a través de los vehículos legales. Noto que hay una ola de personas que dicen: “Vámonos educando para poder ganarles en sus propios términos”, a la vez que coexisten leyes muy antiguas; por ejemplo, el Acta de los Indígenas, que data desde antes de que Canadá se hubiera formado como país. Por tradición y precedencia, estas leyes ancestrales tienen que ser respetadas, las cuales dictan que, para que se realice una construcción en sus tierras, la comunidad debe estar de acuerdo.

 

¿Pero esta legislación también se aplica a compañías extractivas canadienses que van a otros países, como México?

Conozco las realidades de América Latina y las realidades de América del Norte. Lo que puedo decir es que aquí la información y la educación son claves para que la gente abra los ojos y escuche más información sobre compañías extractoras. Un ejemplo de ello es el del petróleo, que, en regiones canadienses como Alberta, se encuentra en estratos muy profundos. Un pozo de petróleo es una mina a cielo abierto que tiene hectáreas y hectáreas. Utiliza tanta agua y tantos solventes para sacarlo, que forma lagunas que se pueden ver desde el satélite. En un momento dado un gobierno anterior canadiense dijo: “La única manera de darte permisos para que tú empresa siga extrayendo es que vayas limpiando: limpia una y abre otra”, pero el lobbying de las compañías petroleras es muy fuerte y la oposición de la gente en esas zonas es sumamente débil. Sin embargo, esas lagunas están afectando a varios ríos y al ecosistema, a la caza, a la pesca y a muchas familias que están padeciendo cáncer. Compañías de Estados Unidos han construido muchos oleoductos. ¿Y qué pasa? Nosotros le vendemos a ese país el barril de petróleo a 30 dólares, ellos lo refinan y sacan otros 200 productos, entre ellos el jet fuel, que nos venden a 200 dólares el barril.

Hay gente que me diría: “Usted esté en contra del petróleo”. Pero eso no es verdad; necesitamos el petróleo, pero debemos usarlo de manera eficiente. No podemos darnos el lujo de gastarlo en horas de tráfico cuando a la naturaleza le ha tomado millones de años hacerlo. Hay muchas cosas que hay que reconsiderar en cuanto a movilidad y transportes se refiere. Tenemos que pensar fuera de la caja. Necesitamos una economía circular.

 

¿Cómo definirías la economía circular?

La economía circular requiere que, una vez que hayamos identificado que necesitamos un producto, éste sea diseñado pensando en que todos sus componentes puedan ser reciclados y reutilizados, y que la utilización del recurso natural inicial sea eficiente y que va a producir el mínimo de desechos posibles.

La economía circular promueve la reflexión sobre un producto desde su origen en el diseño hasta su desecho. Caso contrario es el de un celular que no está diseñado para nada en ese sentido: usa todos los recursos nuevos, cambia muy rápidamente —cada dos años— y ninguna de sus partes puede ser reciclada; inclusive tiene oro, platino y cobre que pueden encontrarse en el relleno sanitario. Es un producto que se hace para millones de personas y para un tiempo muy corto.

 

Viene a la mente la necesidad de educar desde niños para una economía circular y ver el planeta como un todo.

Tenemos que pensar fuera de la caja. ¿Por qué hoy en día, aun teniendo internet, tenemos que ir todos a trabajar a un sitio a la misma hora? Y después todos regresamos a la misma hora. ¡Imagínate las emisiones y el gasto de combustible, cuando todos hacemos eso, desde la punta de Alaska —o sea en un periodo de cuatro horas— hasta Perú, de la misma manera! Tiene que haber otros modos de organizarse. Se requiere un cambio cultural de un sistema estresante de vida, que busca crecer indefinidamente, a lo que se pretende en la economía circular. Yo pienso que hay algunos países, sobre todo en Escandinavia, donde ya se está enseñando de esta manera.

Es verdad que el sector de la educación no ha evolucionado, por ejemplo, al ritmo del sector de las telecomunicaciones. Seguimos enseñando con pizarra y con tiza, y los niños ahí sentados, ¿por qué? Es algo que me cuesta entender, porque no es sólo cuestión de dinero; lo que se necesita en realidad es sentarnos en un círculo, con un aprendizaje más colaborativo, enseñando los temas de un modo más crítico.

 

¿Cómo harías tangible a un alumno la necesidad de pensar en el impacto ambiental sobre la biodiversidad, para llamar su atención y cambiar su chip de ser consumistas y nada más?

Explicarles desde la práctica y hacerles ver las problemáticas para que conozcan los efectos negativos de proyectos reales, para que conecten los puntos y establezcan el vínculo entre las partes implicadas.

Por ejemplo, el problema de los plásticos en el océano. Producimos una gran cantidad de petróleo, para venderlo por poco a otro lugar que producirá botellas de plástico, las cuales se utilizarán y se desecharán en cuestión segundos, y regresarán a nuestros océanos; botellas que no podemos reciclar porque nuestra industria recicladora no exige que pongamos el reciclado al 100% en nuestros nuevos productos; por lo que siempre estamos tomando nuevo, nuevo, nuevo. De repente, en Canadá encontramos en el océano Pacífico el plástico de otras ciudades y otros países… Hay que repensar todo holística y globalmente. Enseñar a pensar en la economía circular es algo que nos puede ayudar mucho.

Debemos hablarles a los jóvenes del análisis de riesgos de los proyectos. Por ejemplo, ¿por qué los trenes tienen que pasar por las ciudades? Y hablarles de un derrame accidental de petróleo ocurrido en 2013, como consecuencia de un tren que chocó en un pueblo y que transportaba petróleo muy volátil de Dakota del Norte, y que en segundos causó la muerte de 47 personas por calcinamiento. La explosión fue el equivalente a un dieciseisavo de una explosión nuclear y la temperatura que produjo alcanzó 3,000 grados. Las ciudades se desarrollaron alrededor de las vías, pero yo les digo: ésa es historia pasada, hoy en día ya tenemos la información y la experiencia para sugerir otras opciones, analizando los riesgos de una manera crítica.

  


 

Rosa Gálvez-Cloutier es la primera mujer de origen latinoamericano con un curul en el Senado de Canadá. De origen peruano, durante la Semana Canadiense de Alfabetización Científica 2018 contó que empezó a interesarse en la ciencia a los 10 años de edad, al elaborar un trabajo escolar sobre “La polución en la Ciudad de México”. Estudió ingeniería civil en Perú y prosiguió sus estudios Canadá, donde obtuvo el grado de maestría y doctorado en ingeniería ambiental en la Universidad de McGill, Montreal.

Prosiguió su investigación sobre la polución y sus efectos en la salud hasta convertirse en un referente mundial en el tema. El primer ministro Justin Trudeau la nombró senadora por Quebec en 2016, donde preside la Comisión de Energía, Recursos Naturales y Medio Ambiente. En octubre 2018 recibió el Premio de la Asociación Iberoamericana de la Comunicación por su destacada labor en el contexto Iberoamericano.

 


 

* Instituto Politécnico Nacional.

 

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