Las misiones pedagógicas

Las misiones pedagógicas

Alejandro Tiana Ferrer

Los Libros de la Catarata, Madrid, 2016

 

Las misiones pedagógicas de la Segunda República española despiertan mucha simpatía entre los educadores actuales. Tienen el marchamo de una acción generosa e ilustrada que constituyó, como recuerda Tiana, “una de las iniciativas más originales de la educación popular desarrolladas en la España del siglo XX”. Inspiradas en el pensamiento de Manuel Bartolomé Cossío, fue el último organismo público en el que el ímpetu reformador de la Institución Libre de Enseñanza se manifiesta en plenitud y que refleja, en una hermosa síntesis, los elementos más sugestivos de su pedagogía; de una idiosincrasia que la ha convertido en uno de los mejores referentes de la historia de la educación contemporánea, en un modelo de buen hacer al que todavía recurrimos para confirmar el valor de las experiencias y las innovaciones escolares de nuestros días.

El libro de Alejandro Tiana Ferrer es de lectura ágil y está escrito para todos los públicos, con el lenguaje de los buenos misioneros pedagógicos. No es una investigación original y novedosa, sino una recapitulación y puesta al día de las reflexiones y los hallazgos que han ido reuniendo en trabajos anteriores otros estudiosos, con una revisión atenta de las fuentes fundamentales, tanto primarias como secundarias. El resultado es una obra de divulgación bien documentada y útil para conocer lo que fue aquella empresa optimista, protagonizada por algunos de los intelectuales jóvenes de la República, que se curtían al contacto de una realidad rural que era desconocida en las ciudades, acompañados por estudiantes universitarios y maestros que mantuvieron una relación cordial y llana con un campesinado que establecía contacto por primera vez con la modernidad democrática y que, en muchos casos, desconocía la luz eléctrica.

El libro está organizado en 15 capítulos que recogen los distintos servicios con los que actuaban los misioneros: bibliotecas, cine, teatro, música, guiñol y museo de pintura. También se abordan las etapas de esos cinco años luminosos en los que el Patronato extendió su acción sobre cerca de 7,000 aldeas y pueblos, el ambiente en que se movían los misioneros pedagógicos, la experiencia de vivir unos días con personas que carecían de los bienes que ellos disfrutaban cómodamente en la ciudad y un interesante balance de lo que fue aquella gesta jovial. Los datos nos indican que con su acción se crearon 5,522 bibliotecas rurales, en lo que fue, sin duda, la campaña de animación a la lectura más grande jamás realizada en España. Las misiones permitieron mostrar un mundo ancestral y sorprendente que permanecía oculto a las urbes, que era ignorado por el progreso pero que conservaba unos valores que tenían mucho que decir ante unos cambios inexorables que, en pocos años, y desgraciadamente en una situación despótica, desvanecerían una cultura rural rica, la cual se atesoraba, con sus matices y el sedimento de los siglos, en la conciencia campesina.

Uno de los aspectos más interesantes de este libro es que vuelve a traer a la memoria que las misiones estaban constituidas por un entramado de personas cuyas vidas y desarrollo profesional truncó la Guerra Civil. No es baladí recordar que en ellas no sólo estaba una importante representación de los jóvenes que habían despuntado con la generación literaria de 1927. Había también una estirpe magnífica de educadores a la que habría que denominar nuestra generación pedagógica de 1927, no menos importante que la literaria o la científica, las tres hijas del afán de Francisco Giner por construir una España avanzada e inédita. Es quizá más en este ámbito donde la investigación debe continuar, porque en ese grupo de maestros y maestras, inspectores y profesores que apoyaron la actividad misionera, hay una inmensa riqueza de pensamiento, de creatividad en su acción educadora, como es difícil encontrar entonces en otro país de Europa, y que merecen tanta atención o reconocimiento como el alcanzado por otros personajes consagrados de la Edad de Plata.

Juan Ramón Jiménez escribió un retrato literario de Cossío que expresa muy bien el espíritu que animaba a aquella juventud errante: “Hablando él, un jardín se mueve al viento; la tierra olea bajo nosotros, como un mar sólido, y somos todos marineros del entusiasmo”. Hoy hay que explicar quién era Cossío a nuestros aspirantes al profesorado, pero entonces era el emblema de un ideal de futuro, de libertad, de felicidad, de inteligencia pedagógica que conviene traer al presente.

 


 

 

* Publicado originalmente con el título “Los marineros del entusiasmo” en Cuadernos de Pedagogía, núm. 476, marzo de 2017.

 

 

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