Niños y niñas migrantes en escena

Niños y niñas migrantes en escena

 

Antes parecía que los niños y las niñas migrantes no existían, porque no buscaban trabajo… porque los hacían migrar y los llevaban y los traían como se llevan las pertenencias en los viajes. Esta lógica ha generado muchas miopías que se explican en este artículo.

 

El adultocentrismo típico en los estudios migratorios parece estar cediendo gracias a numerosos investigadores que están haciendo posible que los niños en la migración y los niños de la migración aparezcan en la escena. Son niños y niñas inscritos en los circuitos de la migración interna, así como los que se mueven de un país a otro. Los niños migran; son migrantes exactamente de la misma manera que lo son sus padres y sus hermanos mayores con quienes, por lo general, se trasladan de un lugar a otro. De esta manera estamos “desempacando a los niños en los estudios migratorios”, como lo sugirió la profesora Dobson en 2009. Este adultocentrismo ignoraba a los niños mi­grantes porque los consideraba objetos que portan o maletas que cargan los migran­tes adultos. Vistas así las cosas, los niños no migraban, sino que los hacían migrar; los llevaban y los traían, como se llevan las pertenencias en los viajes. Esta lógica incluía cuatro tipos de miopías:

1. La primera miopía impedía ver que un componente esencial de la defi­nición del “éxito” de la migración (interna o internacional), visto desde la perspectiva misma de los migrantes adultos, es el bienestar de los hijos o los nietos, independientemente si éstos participaron en forma directa en los movimientos migratorios o no, pues no debiera ser para nadie una sorpresa que el fin último (o sentido mismo) de la migración, para muchos migrantes adultos, sea el bienestar de sus hijos o sus nietos. Cuando la migración incluye la separación de los miembros de la familia nuclear, el tema del sacrificio (por los hijos) es un sustantivo irrem­plazable para la comprensión de todas las dinámicas familiares asociadas a la migración. Lo mismo aparece cuando los hijos acompañan a los padres en la aventura migrante: con mucha frecuencia éstos se sacrifican por aquéllos. Dicho esto de manera inversa, toda migración que trae consigo la desgracia de los hijos es considerada un fracaso por los migrantes adultos, sin importar el éxito económico que hayan logrado.

2. La segunda miopía hizo creer que las decisiones que tomaban los migrantes respondían exclusivamente a consideraciones de carácter racional, siguiendo el sempiterno paradigma de costo/beneficio eco­nómico. Ahora sabemos que muchas de las decisiones que toman los migrantes adultos en relación con la migración (destino, tiempo de es­tancia, forma de asentamiento, modalidad de integración a la sociedad local, etcétera) responden de modo parcial o primordial a los intereses de los niños, sean éstos hijos, sobrinos o nietos. Esta miopía provenía de la ecuación que cri­ticaban ya otros autores como Batalova y Fix en 2010. Los autores alertaban a los lectores en el sentido de que, para la literatura estadounidense sobre la migración, migrante era sinónimo de working-age-men, lo que condujo a los estudiosos a interesarse principalmente y casi de manera exclusiva en la integración laboral, el mercado de trabajo y el estatus migratorio de los participantes en el flujo migratorio. Los niños no existían porque no eran seres humanos que buscaban trabajo.

3. La tercera miopía, quizá la más persistente, conducía a la creencia de que los niños migrantes eran seres humanos pasivos que no tenían voz ni voto en el proceso migratorio. Nada de esto resultó verificable. Los niños participan, aun siendo seres humanos subordinados, como lo son por su edad, en decisiones tan relevantes como mudarse dentro del mismo país o retornar el país de origen, como ya lo he señalado en otras ocasiones

4. La cuarta miopía dificultaba observar los roles activos e importan­tes que los niños cumplen en el seno de las familias migrantes. Ahora sabemos por diversos estudios que son intérpretes, traductores, intermediarios y abogados de sus padres y sus hermanos.

Hay otro tipo de adultocentrismo que no ignora a los niños, sino que di­rige su mirada hacia ellos porque son “fuente de ansiedad” para los adultos, como también señaló la profesora Dobson. Los niños existen en la migración, pero como víctimas, ur­gidos de protección; son seres inválidos, desprovistos de conocimientos y de agencia. Vistos así, los niños no son migrantes como sus padres, sino que existen porque deben ser objeto de la preocupación pública debido a que son sujetos indefensos que requieren la tutela estatal o la protección de los adultos. Existen, pues, porque los adultos les dan la existencia.

Ahora que los investigadores de la migración nos estamos interesando en las dinámicas institucionales que se despliegan en las escuelas, los centros de salud, las iglesias, los centros recreativos ante la llegada de familias migrantes y sus hijos; ahora que dirigimos nuestra atención a lo que hacen o dejan de hacer los niños indí­genas en diversas regiones de México y de Estados Unidos; ahora que contamos con estudiosos que analizan la forma como los padres de familia defienden los intereses de sus hijos cuando las instituciones educativas buscan domesticarlos; ahora que nos interesan las estrategias de niños y jóvenes migrantes para incorporarse a los procesos educativos y tener éxito en las regiones a las que están llegando; ahora que tenemos investigadores e investigadoras atentos a la escritura misma de los niños de la migración, así como el análisis de las ideologías políticas de la lengua escrita que excluye a niños y niñas que migran de un país a otro, o de una región a otra; aho­ra que presenciamos a jóvenes investigadores que relatan las historias migratorias desde la perspectiva misma de los niños actores y de las niñas actrices de la migración; en fin, ahora que hay especialistas atentos a mostrar las fallas en los procesos administra­tivos, las discriminaciones burocráticas y la desatención institucional que ignora o desprecia la necesidad de los niños migrantes, estamos en condiciones de superar la hegemonía adultocéntrica y tener una visión más holística del proceso migratorio.

Es un periodo científico prometedor en el que nuevas categorías de análisis están apareciendo, renovadas problemáticas de estudio acompañadas de mé­todos de indagación y análisis se están abriendo paso, y, desde luego, a partir de ahí, contamos con hallazgos que responden a lo que sociólogo Mills denominó en 1959 “la política de la verdad”.

 

Para saber más

  • Batalova, Jeanne, y Michael Fix (2010), Children of Immigrants in U. S. Schools: A Por­trait, Washington, D.C., Migration Policy Institute Center/National Center on Immi­grant Integration Policy.
  • Dobson, Madeleine E. (2009), “Unpacking Children in Migration Research”, Children’s Geographies, 7 (3), 355-360.
  • Orellana, Marjorie Faulstich, Barrie Thorne, Anna Chee y Wan Shun Eva Lam (2001), “Transnational Childhoods, the Participation of Children in Processes of Fa­mily Migration”, Social Problems, 48 (4), 572-591.
  • Zúñiga, Víctor, y Edmund T. Haman (2015), “Going to a Home You Have Never been to: The Return Migration of Mexican and American-Mexican Children”, Children’s Geographies, 13 (6), 643-655.

  


 

* Profesor investigador del Tecnológico de Monterrey. Este artículo se publicó en Sinéctica. Revista de perspectivas socioculturales en educación, núm. 48, ITESO, Guadalajara, 2017.

 

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