Sobre la evaluación docente

Sobre la evaluación docente

 

Estimado director de El Mundo de la Educación:

 

La que suscribe, profesora María Mercedes García Barajas, se dirige a usted de la manera más atenta para felicitarlo a usted y a su equipo por el trabajo de difusión educativa. Deseo una larga vida a las ediciones de su revista.

Disculpe el atrevimiento al ofrecer mi opinión referente a su editorial del número 8, con respecto a la evaluación docente, tema ya politizado. Quizá lo que señale no refleje la realidad de lo expuesto en la Secretaría de Educación, en el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación o en otra institución. A mi parecer, los datos, cualesquiera que hablen del tema, son maquillados y exponen una educación desde el escritorio político y alejada de la práctica docente. En algunos casos esa visión es devastadora.

Fui evaluada en 2014. El proceso consistió en tres etapas. La primera fue un diagnóstico del grupo con evidencias de trabajos de alumnos (uno bueno y el otro deficiente). Había que responder a 12 cuestionamientos y argumentar en cuatro horas desde una computadora. La situación apremiante habría sido un apagón de luz, la saturación del sistema o la lentitud de la red, u otra situación que me sacará del sitio, lo cual afectaría mi pronóstico de suficiente.

Posteriormente, se fijó la sede para efectuar la evaluación de conocimientos y elaborar un proyecto con base en un modelo “memorístico”. Ingresé a la sede a las 8:00 a.m. y salí de ella a las 18:15 p.m. Cansada y agobiada por los resultados, obtuve suficiente; mis alumnos dirían que pasé de panzazo. Hasta aquí nada trascendental, salvo que ser seleccionada no fue por voluntad, como decía la convocatoria, sino por imposición. En segundo lugar, la sede se designó arbitrariamente. Y, gran sorpresa, algunos docentes se trasladaron de otros municipios, ya que el sistema evaluatorio les jugó sucio designándoles otra sede, cuya distancia significó el pago del traslado, así como de hospedaje. En tercer lugar, hubo serias fallas técnicas y carencia de equipo de cómputo, por lo cual hubo retraso en el inicio de la prueba. Lo más indignante fue el cerco policíaco: nos trataron como delincuentes cuando nos revisaron para ingresar a la sede; pero lo más grave se presentó en una secundaria, cuando los docentes enfrentaron la falta de sanidad en los baños y la ausencia de agua en ellos. Ni qué decir del tiempo asignado para consumir alimentos durante los recesos, ya que los maestros debieron acudir a una tienda de abarrotes, cuyos únicos productos eran refrescos y galletas. Al expresar algunos docentes su necesidad de salir del cerco de resguardo impuesto, la policía estatal lo impidió, con lo cual fue violentado el derecho de los maestros a la libertad de tránsito.

Durante la etapa de la prueba se cometieron muchos errores de logística, pero situaciones como las que expreso aquí, y otras, no se dieron a conocer en ningún medio de comunicación: sólo se comentaron en corto entre los compañeros.

La planificación del INEE tenía que cambiar. Los cambios fueron notorios, ya que en 2018 organizaron el procedimiento con tiempo y tranquilidad, y distribuyeron adecuadamente a los docentes en distintas sedes, equipadas con suficiente equipo de cómputo.

La evaluación docente de ese año incluyó la modalidad de asesorar a los docentes, que llamaron consorcios. Éstos elaboraron proyectos y prepararon a los maestros para el examen. El negocio fue redituable: los costos fueron de 800 a 3,000 pesos. Las preguntas obligadas son: ¿quiénes se beneficiaron con la evaluación? ¿El docente, el gobierno o las sanguijuelas? ¿Las autoridades tuvieron conocimiento de la usura de esa práctica? ¿Los docentes vieron rebasada su capacidad profesional, ante la inseguridad del desempeño que han venido ejerciendo frente a sus grupos? ¿Las autoridades educativas nos capacitan apropiada y pertinentemente?

Debo confesar que ayudé a seis compañeros docentes en la elaboración de sus proyectos, por lo cual recibí un pago simbólico.

Por lo anterior, dudo de la transparencia del proceso evaluativo, como el gobierno de Enrique Peña Nieto prometió que sería. Cuestiono ese proceso evaluativo, ya que es amañado, corrupto y poco veraz.

Realmente, la evaluación es una herramienta para “cumplir” con los requisitos establecidos por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Es un escaparate que exhibe al sistema educativo mexicano ante la comunidad educativa internacional. Es una cortina para cubrir la realidad del desempeño docente frente a grupo; no refleja la manera en que un docente enfrenta el proceso educativo desde su espacio de trabajo.

El INEE, como muchos otros institutos descentralizados, surgió para dar solución a diversos problemas de la práctica docente. Sus órganos quedan rebasados, son inoperantes y, a su vez, justifican el acomodamiento de personal recomendado. En un inicio logran metas y resultados, pero con el tiempo se tornan corruptos.

En mi opinión, el docente es víctima de una burocracia exasperante, que exige a toda costa resultados óptimos y eficientes. Si no los obtiene, suele ser ninguneado y poco valorado.

Al gremio docente no se le considera un sector de intelectuales. Se le cataloga como un grupo de trabajadores de poca valía social. Y la realidad es que no nos permiten profesionalizarnos. Aquellos que lo han hecho, ha sido porque pertenecen a un grupo influyente y con privilegios, que disfrutan de becas y permisos laborales para atender su preparación académica. A su vez, son favorecidos por grupos de interés, políticos o sindicales, que los acomodan en puestos claves.

El resto de los parias, como su servidora, seguimos en las minas, trabajando sin el reconocimiento que merecemos, pues ninguna autoridad educativa o escolar valora nuestro empeño y nuestra dedicación en el aula.

Desde el salón de clases, siempre pensando en los niños y las niñas, a quienes atendemos, observamos situaciones apremiantes, ya sean cognitivas o familiares, y escuchamos a una sociedad inconforme, con la fe puesta en la educación, la cual les dará las armas para defender sus causas y exigir sus derechos.

Señor director, los docentes estamos desmotivados y no somos escuchados, no obstante que el gobierno y el sindicato aseguran que nuestras voces sí son tomadas en cuenta. Mantienen su táctica infalible: los “seleccionados” por intereses particulares, son los que alzan y justifican los proyectos educativos. Ni siquiera los foros propuestos por el gobierno actual ofrecieron la tan anhelada visión educativa y el engaño continúa, porque quienes integran la Audiencia Pública del Congreso son las mismas personas que representan a los grupos de poder en el seno del sistema educativo mexicano.

La escuela mexicana tiene muchos vicios: el control lo ejercen unos cuantos, la cuestión intelectual sucumbe a la corrupción, la equidad educativa en las distintas regiones del país es ficticia, el burocratismo inoperante nos aplasta, los recursos económicos están mal distribuidos, existe un total desdén hacia el docente, etcétera.

Mientras no se conozca la realidad educativa de nuestro país, cualquier intento de reforma educativa solo quedará en letra muerta, porque en la práctica continuarán produciéndose los mismos errores del pasado y cualquier autoridad desde su escritorio no enfrentará la mala educación, ésa que los docentes enseñamos en 175, 190 o 200 días.

 

Atentamente,

 

María Mercedes García Barajas

Zoquipan, Zapopan, Jalisco

 

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