Biodiversidad a la baja, educación al rescate

Biodiversidad a la baja, educación al rescate

 

Las múltiples dimensiones de la biodiversidad dotan de una gran complejidad su abordaje educativo. En este artículo el autor explica por qué el concepto ecológico debe prevalecer a lo largo de todo el proceso educativo, ya que no podemos olvidar que todos los seres vivos coexistimos, convivimos e interaccionamos constantemente en el mismo espacio.

 

 

Si hay algo en la existencia global que siempre ha atraído a la mayoría de las personas ha sido la naturaleza y, de modo especial, los seres vivos que la habitan. En ese interés habrá primado unas veces la obtención de recursos; en otras, el deleite de los sentidos. La cultura universal nos ha legado muchas referencias de pensadores que han quedado maravillados al tratar de entenderla. No sabemos si sus ideas eran compartidas por sus contemporáneos o más bien expresaban deseos propios y alguna advertencia. Con todo, conviene conocer sus legados, pues están plenos de pensamiento y sutileza e incluso pueden darnos alguna pista para cogestionar la vida natural, sin riesgos añadidos para su futuro y el nuestro.

El gran Averroes decía, en la Córdoba andalusí del siglo XII, que nada es superfluo en la naturaleza. Michel de Montaigne, en la segunda mitad del siglo XVI, identificaba el escenario natural con un gran espectáculo del que el hombre debería disfrutar. A la vez, aconsejaba cohabitar con sus pulsos vitales, como hacían los antiguos griegos estoicos, e incluso recomendaba aprovechar su magnanimidad y tomar todo lo que ofrecía. Consejo que probablemente revisaría hoy, tras los maltratos ecológicos que se han sucedido durante todo este tiempo. Por su parte, Francis Bacon, a principios del siglo XVII, daba vueltas a la idea de obedecer a la naturaleza, para concluir que los seres humanos somos a la vez sus siervos y sus intérpretes. Y Jean Jacques Rousseau la comparaba con un libro abierto que se nos muestra siempre presto para enseñar y del que debemos aprender. Así lo plasmó en 1762 en su Emilio, que subtituló “De la educación”. Eran otros tiempos, pero ya se dudaba sobre si, a la hora de vivir la relación ambiental, debía pesar más la audacia o la prudencia.

 

La biodiversidad es cultura

El interés por la naturaleza y por los seres vivos sigue presente en la cultura universal. En 1992 se celebró, en Río de Janeiro, la Cumbre de la Tierra, un hito difícil de olvidar y del que todos somos deudores. Desde ese momento se puso en marcha el Convenio sobre la Diversidad Biológica, primer acuerdo mundial sobre la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad. Incluía la preservación de la misma, su uso razonable, la evaluación de los impactos que soporta y la necesidad de una educación pública para sostenerla. Durante 2010, declarado por la ONU Año Internacional de la Biodiversidad, se convocaron actos de distinta índole, por parte de diversas entidades y administraciones, para llamar la atención sobre la paulatina, pero progresiva, pérdida de formas de vida en el mundo vegetal y animal. Antes, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) había dado la alarma con su Lista Roja de Especies en Peligro, que ahora mismo cifra en 21,000.

Pero la mayoría de los que poblamos la Tierra en estos momentos somos descuidados y comodones. Quizás hemos apartado la imagen global que en otro tiempo nos atrajo y ahora nos fijamos mucho más en elementos singulares. Por eso nos preocupa la supervivencia de algunos seres que la habitan; tanto, que si una especie de las que llamamos icónicas —linces, águilas, etcétera— va a desaparecer, estaríamos dispuestos a luchar por ella. Sin embargo, tardamos bastante más, porque no estamos entrenados, en apreciar que las relaciones ecológicas sufren cambios —lentos o drásticos— que amenazan el futuro colectivo, incluida la especie humana. Por eso, no es extraño que no nos impresionen llamamientos de organizaciones ecologistas o de asociaciones naturalistas que, de forma reiterada, repiten que los peligros para la biodiversidad global aumentan.

Como otras cuestiones genéricas, este asunto de la biodiversidad se presta a debate. Para unos no tiene tanta importancia, pues siempre se han perdido especies y el mundo ha seguido existiendo. Para otros supone un síntoma de futuro a la intemperie. Sin duda, este asunto necesita ser conocido e interpretado por los ciudadanos porque su colaboración es imprescindible. Incluso dejando aparte los sentimientos afectivos hacia la biodiversidad y los ecosistemas, hay que reconocer que entre la una y los otros generan una gran cantidad de recursos y servicios que tienen una enorme importancia económica. Sustentan más de un tercio de la economía mundial, y así, en Europa, uno de cada seis empleos depende del medio natural. Quizás haya que recordar que el sector farmacéutico mundial se apoya en 50% en la biodiversidad, o que la salud de 60% de la población mundial depende exclusivamente de medicamentos de origen natural.

Además, los espacios naturales catalogados tienen un gran potencial perceptivo y afectivo. En España reciben más de 30 millones de visitantes al año y seguramente se reconoce la mejora de la calidad de vida que procuran: captan 18% del CO2 que emiten los ciudadanos españoles, pero se ignora que, a escala global, se pierde la superficie forestal equivalente a 20 campos de futbol cada minuto, con lo que se reduce la posibilidad de renovación del aire. Una última paradoja de la sociedad actual: mientras crece la importancia de la agricultura ecológica, 22% de las variedades vegetales españolas y 66% de las razas ganaderas están amenazadas de extinción.

A pesar de la presencia que mantienen los grupos ecologistas y algunas organizaciones internacionales en la cultura global, la biodiversidad no deja de sufrir grandes alteraciones debidas al cambio climático, las contaminaciones genéticas, la colonización de espacios naturales y un largo etcétera. En España, por ejemplo, la degradación y la pérdida de biodiversidad afecta de forma especial a los bosques de ribera y a los ríos, a las costas y a las dehesas. También se advierte ya la amenaza de los transgénicos que, además, convierten a los cultivadores en rehenes de las multinacionales. Los poderes económicos y administrativos no entienden estos mensajes: están dispuestos a conquistar hasta el último rincón del planeta, incluso el Ártico y la Antártida. Aunque, a veces, la conciencia les remuerde. Para acallarla celebran múltiples actos y congresos, pero enseguida olvidan los buenos propósitos y sacan sus bulldozers depredadores. Las últimas cumbres de la biodiversidad han avanzado poco con respecto a las ideas que surgieron en Río 92. Los compromisos han sido olvidados por la mayoría de los países. Cuando se cumplen más de 20 años de la Directiva Hábitats de la Unión Europea, que creó una red ecológica europea coherente de zonas especiales de conservación, denominada Red Natura 2000 de espacios protegidos, seguimos sin planes de gestión en la mayoría de estos espacios en España.

 

Algunas premisas para la educación en biodiversidad

En principio, dada la presencia cultural de la biodiversidad, debería apetecer aprender todo lo que se pueda sobre los seres que en cada lugar ilustran la vida y, en consecuencia, enseñar lo que acontece en el medio natural tendría réditos inmediatos. Pero la ecuación que resuelve estos postulados no es fácil. Ya en tiempos de Aristóteles se dudaba qué enseñar y con qué metodología. Desde entonces no se ha encontrado una manera universal de resolver esta tarea. Menos todavía se sabe cómo enseñar si el tema excede el simple concepto que se aprende mediante repeticiones. La biodiversidad es uno de esos temas difíciles, por las múltiples dimensiones que atesora. Habla de los seres vivos, pero durante mucho tiempo no se empleó la palabra biodiversidad para designar el conjunto que forman. Incluso su definición —variedad de especies animales y vegetales en su medio ambiente— se caracteriza de maneras muy diferentes. Pero, en cualquier caso, hay que reivindicar la biodiversidad (un proyecto bien dimensionado es el blog de Alberto Martínez, Ecoforman: Educación Ambiental y Formación Profesional para el Empleo) y con esa intención nos atrevemos a formular una serie de consideraciones para su enseñanza.

Primera. La biodiversidad existe per se y debe entenderse en el contexto de la complejidad de las relaciones entre especies, y con su medio, que podríamos resumir como ciclo de materia y flujo de energía. La especie humana llegó de las últimas y por eso debe respetar las interacciones y entender que es una más, no la única o principal. Éste sería el concepto ecológico que debe prevalecer a lo largo de todo el proceso educativo.

Segunda. La interacción de los elementos y los fenómenos que configuran la naturaleza es continua. Los seres humanos han ido organizando sus vidas intentando sacarle el mayor rendimiento, aunque a veces hayan tenido que soportar sus respuestas abruptas en forma de limitaciones o catástrofes. Algo así como una depredación limitada hacia la soberanía alimentaria, que todavía permitía el mantenimiento de la biodiversidad.

Tercera. Los diferentes pueblos empezaron a entender las fluctuaciones de la biodiversidad. Como quisieron asegurar su propia supervivencia, se ocuparon de dominar las especies productivas. La agricultura y la ganadería se hicieron intensivas. La depredación de materias primas creció. Las primeras variaciones serias de la biodiversidad fueron provocadas desde fuera.

Cuarta. De manera paralela, las sociedades organizaron un adiestramiento perfeccionado: la educación reglada. Así nacerían las ciencias naturales, que con el paso del tiempo tuvieron otras muchas denominaciones, pero todas incluyeron entre sus contenidos la enseñanza de algunos matices de biodiversidad.

Quinta. Esta enseñanza reglada se preocupó en exceso por la acumulación de saberes en torno de los seres vivos, estudiando lo que los diferencia para resaltar su singularidad, en lugar de atender lo que los une: la coexistencia y la interacción. Primó la biodiversidad acumulativa frente a la biodiversidad relacional. Se olvidó el primigenio concepto ecológico.

Sexta. La biodiversidad tiene dos dimensiones: local y global. Ambas se entienden mejor en relación con el territorio y las características climáticas.

Séptima. En todo el mundo se utilizan tecnologías para desarrollar cultivos de alto rendimiento industrial. Crece la utilización masiva del suelo y la bioingeniería de los transgénicos. Estas prácticas productivas han ocasionado la ruptura de muchas relaciones ecológicas y redes tróficas. Se está poniendo en peligro la supervivencia de algunas sociedades por la destrucción de la soberanía alimentaria primitiva. Se constata una simplificación de la biodiversidad.

 

Aprender en la complejidad

Aunque cada vez la información sobre este tema es mayor y los medios de comunicación se hacen eco en muchas ocasiones, todavía es escasa la educación social correspondiente, si exceptuamos la que se hace en el ámbito escolar y universitario —como muestra podemos citar el Centro Iberoamericano de la Biodiversidad de la Universidad de Alicante o el Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universitat de València, o el hecho de que la mayor parte de las universidades españolas haya puesto en marcha posgrados sobre conservación de la biodiversidad— o la que desarrollan los grupos conservacionistas. Por otro lado, la atención ciudadana a algún episodio relacionado con la biodiversidad dura poco.

Se nos ocurren tres motivos para justificar la reducción a la simplicidad que se hace de una situación compleja. Quizás se deba a que se piensa que el problema ya está solucionado con la existencia de las reservas de biodiversidad animal y vegetal, o que la bioingeniería genética ya resolverá una posible pérdida. Acaso esta seguridad la genera la reiteración informativa sobre algunos logros puntuales. Sucede muchas veces que el eco mediático bombardea a la gente con la ecología de lo accesorio: se identifica la biodiversidad con la desaparición o la reintroducción de especies animales estrella. Por el contrario, se desatienden aspectos clave como la reducción de los seres vivos autóctonos, la introducción de especies exóticas, la pérdida de vida acuática y marina, o la desaparición de los bosques en países africanos, americanos y asiáticos, para satisfacer la caprichosa despensa de los mercados internacionales.

Además, no se denuncia que estas últimas prácticas han arrasado territorios y han reducido la biodiversidad a escala local y global al mismo tiempo que cercenan el presente y el futuro de los ciudadanos que sobrevivían gracias a la variedad de recursos (biodiversidad), aunque no fueran muy abundantes en cantidad. Tampoco se han explicado con claridad sencillas estrategias de vida cotidiana para evitar impactos graves. La desaparición de especies, ya en marcha, tan poco reconocidas socialmente, pero a la vez tan importantes, como los gorriones, las abejas, las ranas o algunos invertebrados, tendría efectos graves en la vida colectiva. Una situación próxima, sencilla de entender, pero que serviría para aproximar a nuestros alumnos a la complejidad.

Por otra parte, la comprensión de la biodiversidad necesita unos vínculos afectivos que se establecen entre las personas y los seres vivos, tras la apreciación de la repercusión que tienen las acciones de las primeras en el estado de los segundos. Esas dimensiones perceptiva y social condicionan el hecho educativo. En el primer caso, porque hacen ver la grandiosidad de los seres vivos, de su diversidad; en el segundo, porque permiten una aproximación más sentida, más experiencial. Esta última es imprescindible cuando lo que se pretende enseñar, y que los demás aprendan, supera el mero conocimiento repetitivo de elementos, fenómenos y hechos que se dan en la naturaleza.

 

Hipótesis de trabajo para la acción educativa

Algún sabio dijo que nunca es tarde para empezar a educar si la intención lo merece. En ese recorrido hay que desprenderse poco a poco de la manía curricular —visible en los libros de texto— de acumular listados de animales y plantas, con los que se carga a los escolares. No es prudente que algunos textos de educación primaria potencien clasificaciones desde el reino a la especie y que abrumen con descripciones morfológicas de animales y plantas. Las editoriales interpretan a su manera la pesada losa curricular de la administración educativa. Repiten curso tras curso los mismos conceptos sobre naturaleza y biodiversidad, con similares estrategias de aprendizaje y sugerencias evaluadoras. La mayoría propone ejercicios comprobatorios con demasiada tasa conceptual. Se diría que están anclados en los años sesenta del siglo pasado. Sin embargo, suelen obviar el aspecto relacional: los seres vivos interaccionan con su medio y con sus semejantes o diferentes. Ésa es su vida.

En los temas que hablan de ecosistemas sí que aluden a esas relaciones, pero entendidas de forma estática, sin resaltar el carácter dinámico de todas las interacciones. La foto fija que se presenta de la vida silvestre no ayuda a la aproximación perceptiva de la que antes hablábamos. Se despiezan los ecosistemas en largas listas de conceptos, hechos, fenómenos, vegetales de varios tipos, animales, etcétera. También se incluyen algunas cadenas tróficas, demasiado cerradas. Sin embargo, se olvidan los cambios, cuando son éstos los que lo mueven todo. La energía y la materia fluyen y generan biodiversidad. Así se podrían explicar la nutrición, la relación y la reproducción de los seres vivos. Y esto deben empezar a escucharlo hasta los más pequeños.

Es necesario hacer visible que los cambios cíclicos dominan en la biodiversidad que compone la naturaleza, pero que también tienen importancia los episódicos. Cambios lentos o rápidos; en el pasado, en el presente o para el futuro; visibles o no apreciables; con alteración general o particular; con causalidad aparente o sin ella, etcétera. En cualquier etapa educativa se deberían abordar; habría que avanzar en la comprensión de la relación entre las sucesiones o las alteraciones ecológicas y las transformaciones sociales, incluso en los cursos más bajos.

Poco a poco, los centros educativos van incluyendo actuaciones para la protección de la biodiversidad. Los materiales que utilizan la presentan ligada a seres icónicos o espacios protegidos, obviando el espacio global común y la interacción sociedad-naturaleza. Van organizando actividades complementarias: visitas, semanas o días de la biodiversidad, etcétera. Acogen actuaciones propuestas por organismos oficiales o grupos ambientalistas. Pero la buena intención formativa decae; no suele tener la continuidad necesaria para acercarse al concepto de complejidad. Se le da un tratamiento demasiado formal y científico, parecido a una lección cualquiera, o solamente se atiende a lo lúdico. Habría que rescatar la potencia perceptiva que proporcionan el color y la forma, atributos básicos de la biodiversidad. El fácil acceso que tenemos hoy a las imágenes puede ayudar a la aproximación afectiva. Incluso impulsa la capacidad expresiva del lenguaje en forma de descripciones, relatos o investigaciones.

Aunque nos pese, la educación por competencias no ha logrado provocar los cambios de estilo que su formulación nos sugería. Sus planteamientos eran idóneos para abordar temas como el de la biodiversidad. El conocimiento y la interacción con los seres vivos en su entorno —que es el nuestro en forma de competencia social y ciudadana, para darle valor—, la expresión escrita u oral de esas percepciones, la apertura al mundo de los seres vivos, a través de la competencia digital, la expresión artística de sus formas y sus colores, etcétera, parecían la mejor manera de dar cauce al desarrollo de la autonomía personal en el proceso de aprendizaje. Además, las estrategias de aprendizaje sugeridas: observaciones, percepciones, búsquedas de información, descripciones, elaboración de trabajos de investigación, etcétera, podrían haber contribuido a mejorar la compleja visión que el tema exige. Aún estamos a tiempo de lograrlo.

Como consecuencia de las premisas enunciadas antes, propondríamos que las actuaciones educativas adoptasen un modelo metodológico meditado. Podríamos basarlo en unos contenidos en los que se muestren con claridad los distintivos de los seres vivos (unidad, diversidad, interacción y complejidad), un contexto de acción educativa participada y generalizable a todo el centro educativo y un proceso que rescate las acciones episódicas y las incorpore a la secuencia general. Todo lo anterior dentro de una intención trasformadora doble: la familiarización con nuevas metodologías de enseñanza y la construcción progresiva de un espíritu socioecológico que toda institución escolar puede incentivar.

 

Educación al rescate

El legado de los pensadores a los que hemos aludido al inicio de este texto podría utilizarse para animar un debate, adecuado a los cursos de los escolares: qué significa eso de que nada es superfluo en la naturaleza y hasta dónde nos parece cierto; cómo podemos conseguir nuestra cohabitación con los pulsos vitales de la naturaleza y con los de los seres vivos que le dan forma; cuándo se debe obedecer a la naturaleza y para hacer qué; los atractivos de la plástica de la naturaleza justifican por sí solos nuestros esfuerzos de conservación; la naturaleza y los seres vivos son un libro abierto para aprender; en qué medida y de qué forma debemos participar en la gestión de la biodiversidad, etcétera.

En realidad, la biodiversidad —que era un sistema ecológico— se ha convertido hoy en un producto social y cultural. Las sociedades en esencia son ecológicas, pues conviven con la naturaleza en una interacción permanente, aunque sea diacrónica. La dimensión social y ecológica se retroalimentan, aunque a veces no lo percibamos. Debemos intentar leer esas pulsiones, todavía más en estos momentos de crisis. Quizás nos sirva la revisión histórica de pasados depredadores, con la consiguiente pérdida de ecosistemas que eran masivos. Podemos apoyarnos en los estudios de degradación ambiental de nuestros espacios naturales, incluidos mares y ríos, y la simplificación de vida que supone su pérdida. Hay que rescatar la trascendencia socioecológica que puede tener la escuela y la universidad, a la par que la potencia educadora que atesora la naturaleza.

La belleza de la biodiversidad se encuentra asociada a su trascendencia. Por eso hay que rescatar el interés por conocer y el afecto por proteger las especies olvidadas, a la vez que sencillas y próximas, que corren el riesgo de extinción y que con su pérdida harían caer el dominó socioecológico. Animales tan cercanos como las abejas y otros insectos, los gorriones y muchos pájaros insectívoros, plantas como los diferentes tipos de robles o las humildes plantas silvestres aromáticas sustentan nuestra vida. Aunque sólo fuese por egoísmo existencial, deberíamos intentar salvarlos.

Algo debe quedar del Año de la Biodiversidad después de tantos esfuerzos. La Unión Europea puso en marcha “Todos somos parte”, una web para ayudar a los escolares en esa visión global que presentamos aquí. Hay que aprovecharlos, ya que todavía son muy actuales los materiales que se elaboraron como consecuencia de esa cita internacional, como el completo y exhaustivo “Evaluación de los ecosistemas del milenio”. Entre todos proporcionan materiales, información y estrategias variadas para magníficos trabajos prácticos en materias de bachillerato como geografía, geología, ciencias para el mundo contemporáneo, ciencias de la Tierra y del medio ambiente, así como en grados universitarios. Pero también con el alumnado de educación secundaria y de primaria que participaron con interés en variadas actividades con ocasión del Año de la Biodiversidad, pero que han perdido su eco.

Educar en el conocimiento de la biodiversidad se ha convertido en una necesidad social, para que su conservación, la gestión de los espacios naturales o la atención a los seres vivos cercanos sea una realidad. Será más fácil lograrlo si la ciudadanía, los escolares, pueden participar con ideas construidas en los debates y las consultas sobre actuaciones de alto impacto en el entorno. En cierta manera, todos somos biodiversidad.

Para que no se cumpla la frase premonitoria del pedagogo suizo Pestalozzi, que sentía, a finales del siglo XVIII, que tarde o temprano la naturaleza se vengaría de todo lo que los hombres hiciesen en su contra, hemos de aprender las lecciones de la historia del pensamiento. Sobre todo de los pasajes lúcidos en los que algunos sabios supieron ver la necesidad de usar la prudencia y la bondad para organizarnos y adaptarnos a la naturaleza.

 

Para saber más

  


 

* Geógrafo y profesor de ciencias naturales en el Instituto de Educación Secundaria Miguel Catalán en Zaragoza, España. Artículo publicado originalmente en Cuadernos de Pedagogía, núm. 446, junio de 2014.

  

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