El futuro del planeta necesita la mirada crítica de los alumnos

El futuro del planeta necesita la mirada crítica de los alumnos

 

Los cambios económicos, culturales y sociales son urgentes para evitar una situación de previsible colapso ecológico. El sistema educativo no puede permanecer ajeno a la necesidad de modificar significativamente la relación que los seres humanos tienen con la naturaleza. Afrontar este reto en el aula requiere fomentar en los alumnos una mirada crítica sobre la realidad.

 

 

Los seres humanos somos una especie de las muchas que habitan este planeta y, como todas ellas, obtenemos de la naturaleza lo que necesitamos para vivir: alimento, agua, cobijo, energía, minerales… De ahí que digamos que somos seres radicalmente ecodependientes.

Pero, además, somos seres profundamente interdependientes. Desde el nacimiento hasta la muerte, las personas dependemos física y emocionalmente del tiempo que otras personas nos dedican. Somos seres encarnados en cuerpos vulnerables que enferman y envejecen, que son contingentes y finitos. Durante toda la vida, pero sobre todo en algunos momentos del ciclo vital, las personas no podríamos sobrevivir si no fuese porque otras —mayoritariamente mujeres, debido a la división sexual del trabajo que impone el patriarcado— dedican tiempo y energía a cuidar nuestros cuerpos.

El modelo de pensamiento nacido en la sociedad occidental, mundializado a través de los procesos de colonización, e intensificado a partir de la expansión hegemónica del neoliberalismo, se ha desarrollado en contradicción con estas bases materiales que sostienen la vida. El sistema capitalista y la ideología neoliberal viven de espaldas a la ecodependencia y la interdependencia, ignoran los límites o constricciones que éstas imponen a las sociedades, así como las potencialidades para la construcción de una buena vida que las considera como hechos antropológicos centrales.

Teniendo en cuenta el profundo y acelerado cambio climático, el agotamiento de la energía fósil barata y de muchos minerales que sostienen el metabolismo económico; siendo conscientes de la huella ecológica global creciente y desigual; conociendo el declive del agua dulce y la alteración de los ciclos naturales, especialmente el del carbono y el del nitrógeno; experimentando la profundización de las desigualdades sociales, la desresponsabilización del Estado y la sociedad, del cuidado de las personas, sobre todo de las más vulnerables; asistiendo al intento de incremento del control sobre el cuerpo de las mujeres, al aumento de la represión y al auge de los fascismos, parece ingenuo pensar que se pueda salir de este atolladero a partir de meras reformas puntuales.

En este momento crítico es necesario abordar una revisión realista, por más dura que pueda ser, de la situación en la que se encuentra la humanidad, en un planeta en el que las variables ecológicas están cambiando a un ritmo acelerado y en una dirección impredecible. De seguir por este camino es posible que llegue un momento en el que no sea posible, desde un punto de vista físico, acometer las transiciones necesarias para caminar hacia otro modelo diferente. El cambio de rumbo es urgente. No hay tiempo para seguir equivocándonos.

 

Somos... en un planeta con límites

Vivimos en un mundo que tiene límites ecológicos. Aquello que es “no renovable” tiene su límite en la cantidad disponible, ya sean los minerales o la energía fósil, y aquello “renovable”, como el agua o la fertilidad de un suelo, también tiene límites, ligados a la velocidad con la que se pueden regenerar.

Existen nueve límites planetarios en los procesos biofísicos que son fundamentales para garantizar la continuidad de los procesos de la naturaleza. Estos nueve límites, interdependientes entre ellos, dibujan un marco dentro del cual la humanidad puede desenvolverse con cierta seguridad (Rockström, 2009). Sobrepasarlos nos sitúa en un entorno de incertidumbre, a partir del cual se pueden producir cambios, a gran escala y velocidad, que conduzcan a otras condiciones naturales menos favorables para la especie humana.

Los límites señalados se refieren al cambio climático, al ritmo de extinción de la biodiversidad, a los ciclos del nitrógeno y el fósforo, al agotamiento del ozono estratosférico, a la acidificación de los océanos, a la utilización de agua dulce, a los cambios de uso del suelo, a la contaminación atmosférica por aerosoles y a la contaminación química (plásticos, metales pesados, alteradores hormonales, residuos radiactivos, etcétera).

De estos nueve límites los cuatro primeros están sobrepasados. Hoy, ya no nos sostenemos globalmente sobre la riqueza que la naturaleza es capaz de regenerar, sino que directamente se están menoscabando los bienes de fondo que permiten esa regeneración (Rockström, 2009).

Hasta qué punto las sociedades están dispuestas a asumir los riesgos que supone forzar los cambios en la autoorganización de la naturaleza, tiene mucho que ver con las visiones hegemónicas del poder político y económico, dispuesto a casi todo con tal de obtener beneficios. Y también con el analfabetismo ecológico de las mayorías sociales que han interiorizado en sus esquemas mentales una inviable noción de progreso, de bienestar o de riqueza, que resulta enormemente funcional para el sostén del sistema dominante.

Conviene no olvidar que nuestra especie está adaptada a esta composición de la atmósfera, a esta temperatura media, y que hemos coevolucionado con una gran cantidad de vegetales, animales y microorganismos que son nuestros compañeros de aventura planetaria. Muchas de estas especies vivas, con las que interactuamos, desaparecen hoy a gran velocidad, y con su desaparición se va perdiendo capacidad de adaptación humana a un entorno cada vez más cambiante.

 

Entender la insostenibilidad desde la educación

El sistema educativo no puede permanecer ajeno a la necesidad de modificar significativamente la percepción y la relación de los seres humanos entre ellos y con la naturaleza. Es preciso enseñar a utilizar otros indicadores que superen la limitada contabilidad monetaria y que den cuenta de los flujos reales de energía y de materiales; conocer la historia y la evolución del territorio, así como los ecosistemas; comprender la organización cíclica que permite la regeneración y el mantenimiento de la vida; aprender a vivir con una reducción significativa de la energía utilizada, y visibilizar, valorar y repartir el cuidado y la reproducción de la vida humana. Es imprescindible entender, desarrollar y enseñar las implicaciones esenciales de la insostenibilidad también desde la educación.

Una educación enfocada en la resolución de los problemas sociales, económicos y ecológicos, una educación que se vuelque a la consecución del bienestar para todos y todas, no puede obviar la situación de previsible colapso ecológico en la que podemos incurrir si no somos capaces de impulsar con urgencia importantes cambios económicos, culturales y sociales.

El crecimiento económico y la ganancia como objetivo principal del proceso económico no han sido capaces de satisfacer las necesidades vitales de la mayoría de la población, están deteriorando de forma irreversible la naturaleza, agotan y destruyen los recursos naturales, generan violencia e inseguridad, dificultan las relaciones comunitarias, destruyen los saberes tradicionales más sostenibles y construyen un concepto de riqueza y de bienestar ajeno a todo lo que no sea acumular dinero. Mientras no salgamos del paradigma económico que hace del fundamentalismo de los beneficios su centro, economía, sostenibilidad y equidad seguirán siendo incompatibles.

Reducir el tamaño de la esfera material de la economía no es una opción que podamos, o no, escoger. Es simplemente un dato. El declive del petróleo barato y de los minerales, el cambio climático y los desórdenes en los ciclos naturales van a obligar a ello. La humanidad va a tener que adaptarse, quiera o no, a vivir extrayendo menos de la Tierra y generando menos residuos. Esta adaptación puede producirse por la vía de la pelea feroz por el uso de los recursos decrecientes, o mediante un proceso de reajuste decidido y anticipado con criterios de equidad.

 

Asumir los límites del planeta

El reto es aprender a producir valor y felicidad, reduciendo progresivamente la utilización de materia y energía. Una inevitable reducción de las extracciones de la biosfera obliga a plantear un radical cambio de dirección. Cambiar la mirada sobre la realidad material, promover una cultura de la suficiencia y la autocontención, cambiar los patrones de consumo, reducir significativamente la extracción de materiales y el consumo de energía, controlar la publicidad, apostar por la organización local y las redes de intercambio de proximidad, restaurar una buena parte de la agricultura campesina, disminuir el transporte y la velocidad, y aprender de la sabiduría acumulada en las culturas sostenibles y de los trabajos que, a causa del rol que ha impuesto la división sexual del trabajo en las sociedades patriarcales, han realizado las mujeres, son algunas de las líneas directrices del tránsito de la sociedad del crecimiento a otro modelo en el que la vida humana digna se reconozca como parte de la biosfera.

Es preciso realizar importantes esfuerzos para constituir mayorías sociales que impulsen y exijan cambios, construyan la alternativa y se enfrenten a un poder económico y político que, de forma mayoritaria y ciego ante los riesgos, defiende un insostenible e injustamente repartido crecimiento económico, como si fuese la panacea que resolverá todas las contradicciones sociales, y sostiene que una tecnociencia, que no conoce límites, será la solución a los problemas ecológicos e incluso a los problemas que ella misma crea.

Resulta casi una obviedad recordar el importante papel central que juega la educación en este proceso de transformación. Evidentemente, no es el único agente, pero su papel en la creación de nuevos imaginarios es incuestionable.

Desde el Área de Educación de Ecologistas en Acción se ha venido trabajando y generando propuestas con el fin de contribuir a un proceso educativo que ponga la conservación de la vida y la justicia como uno de sus objetivos centrales. Las reflexiones y las propuestas que se establecen a continuación son fruto de ese trabajo colectivo, compartido también con otros agentes de la educación crítica.

 

Formular preguntas relevantes y buscar respuestas

Es urgente ser conscientes de que el territorio del que vivimos y lo que éste nos puede dar tienen límites. Esta evidencia, a la que la escuela y la cultura neoliberal dan la espalda, es un aprendizaje imprescindible. Cuantificar esos límites y comprender sus magnitudes, traducir los grandes números a realidades comprensibles. Necesitamos hacer ya estos cálculos en la escuela y fuera de ella.

Una buena manera de afrontar este reto educativo puede ser formular —y ayudar a formular— preguntas que permitan crear una mirada crítica sobre la realidad y que obliguen al profesorado y al alumnado a indagar sobre los límites físicos, la justicia en el reparto de los recursos, y las alternativas de construcción de otro nuevo paradigma de pensamiento y de acción social.

Algunas de las preguntas sobre las que se debe indagar pueden ser las siguientes: ¿Qué es la biosfera y cómo se mantiene? ¿Qué necesitamos los seres humanos para vivir? ¿Cambian esas necesidades con la edad? ¿Qué necesita una persona recién nacida, un anciano con demencia senil o una persona en silla de ruedas? ¿Quién se ocupa de atender sus necesidades? ¿Qué hace falta producir para satisfacer nuestras necesidades? ¿Cuáles son los trabajos y los sectores más necesarios desde el punto de vista de la satisfacción de las necesidades? ¿Para qué sirve la energía de los minerales? ¿Cuántos hay y, si se repartieran, cuántos nos tocarían a cada persona? ¿Quién los usa y para qué? ¿Qué diferencia de uso hay entre los países? ¿Cuántos quedarán si seguimos consumiendo a este ritmo?

También se pueden plantear otras preguntas como éstas: ¿Quiénes son los dueños de la energía y los minerales? ¿Quiénes obtienen más dinero de su extracción, distribución y comercialización? ¿En qué medida somos agua? ¿Cuál es el papel del agua en la creación de comunidades humanas, en la geopolítica o en la economía? ¿Cómo y quién usa el agua? ¿Por qué existen conflictos y guerras por el uso y el control del agua? ¿Cómo se podría repartir? ¿Qué partículas tóxicas hay en el aire? ¿Qué consecuencia tiene su presencia para la salud de los seres humanos? ¿Cómo llegan hasta el aire? ¿Qué diferentes formas de producir alimentos existen? ¿Qué consecuencias tienen los diferentes modelos de producción alimentaria para la salud y para la fertilidad de los suelos? ¿Qué necesidad de energía y petróleo tiene cada modelo de agricultura? ¿Cómo afecta cada modelo agrario a los agricultores? ¿Cuántas especies se cultivaban hace 40 años y cuántas ahora? ¿Qué consecuencia tiene este cambio? ¿Cuántos residuos generan los seres humanos? ¿Cuál es su origen, su composición y sus efectos? ¿Adónde van? ¿Se pueden reducir? ¿Cuántas toneladas de materiales entran y salen cada día de tu ciudad? ¿De dónde vienen? ¿Cuál es nuestra huella ecológica? ¿Y la de nuestra ciudad? ¿Y la de nuestro país? ¿Puede ser esta huella extendida a todas las personas que habitan el planeta? ¿Qué habría que hacer para repartir los recursos del planeta?

 

Educar para actuar

Conocer el insostenible metabolismo económico global y su injusto reparto debe conducir a la acción. No se trata de adoctrinar, pero sí de animar a actuar en la dirección que cada persona voluntariamente elija.

La denuncia, la transgresión, la participación directa, la organización de una campaña o del boicot a ciertos productos, pueden ayudar a formar una ciudadanía activa y comprometida con su entorno y con el resto de personas.

Ocupar las calles y el espacio público, opinar sobre el urbanismo del barrio y hacer propuestas, elaborar pancartas, desobedecer (argumentando la desobediencia), identificar la manipulación en cualquier tipo de medios, buscar fuentes de información alternativa o crear medios de comunicación propios, son prácticas que se pueden aprender en la experiencia cotidiana de la escuela y que preparan para actuar en un mundo injusto y ecológicamente inviable.

Hay quienes piensan que plantear estos problemas a los niños y a las niñas es muy duro. Aunque la forma de abordarlos no puede ser la misma que con las personas adultas, entendemos que no se les puede mantener en la ignorancia. Se trata de su mundo, del presente y del futuro. No podemos negarles este conocimiento y la capacidad de elegir cómo actuar ante esta situación, siempre dejando claro que somos los mayores —y sobre todo algunos mayores— los responsables del desastre, pero también apuntando a que existen salidas.

Los movimientos sociales, las pedagogías emancipadoras, la educación ambiental o el movimiento altermundista pueden servir de inspiración en esta tarea educativa. Abordar sin tapujos la crisis global puede convertir a la escuela en un espacio de resistencia, denuncia y esperanza de cambio.

 

Para saber más

  • Herrero, Yayo, Fernando Cembranos y Marta Pascual (coords.) (2011), Cambiar las gafas para mirar el mundo. Hacia una cultura de la sostenibilidad, Madrid, Libros en Acción.
  • Novo, María (2006), El desarrollo sostenible. Su dimensión ambiental y educativa, Bogotá, Pearson Prentice Hall.
  • Rockström, Johan (2009), “Planetary Boundaries: Exploring de Safe Operating Space for Humanity”, Ecology and Society, vol.14, núm. 2.

  


 

* Antropóloga, ingeniera, profesora y activista ecofeminista (Ecologistas en Acción). Artículo publicado originalmente como “El futuro del planeta necesita la mirada crítica del alumnado” en Cuadernos de Pedagogía, núm. 445, mayo de 2014.

 

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