Hacia una revolución educativa

Hacia una revolución educativa

 

En un mundo que globaliza la pobreza y que fomenta que lo público sea objeto de negocio, los Movimientos de Renovación Pedagógica (MRP) —surgidos en España en los años 70 del siglo pasado y más vigentes que nunca— proponen abordar las necesidades de la educación desde una perspectiva de equidad y justicia social, contribuyendo a crear un mundo más justo y solidario, donde se denuncie y se persiga la exclusión y la desigualdad.

 

 

Hoy, en clase puede haber 10 o más terminales de internet en los bolsillos de nuestro alumnado, incluso desde la educación primaria. Mientras, suspiramos por tener una computadora conectada a internet en el aula. Los alumnos son capaces de conectarse en un momento con un amigo o una amiga que dejaron en su pueblo a 300 o 3,000 kilómetros y, a veces, a 30 centímetros.

Ha cambiado la idea de cercanía y proximidad, y también la forma y los lenguajes de comunicación. Se manejan lenguajes llenos de "trocitos" añadidos, de síntesis; se usan imágenes y emoticonos que ya son naturales para el usuario. Quizá se estén creando diferencias generacionales y hay quien asegura que una nueva forma de desarrollo cerebral. Hoy muchas discusiones pueden acabar en el momento en que se consulta el dato necesario en la propia terminal de internet que se guarda en el bolsillo. La búsqueda de información también ha cambiado.

Mientras, la realidad tozuda de la clase tradicional, que se impone muchas veces, sigue usando la tiza, o ni eso, el libro encuadernado como única ciencia; o para pensar que hacemos algo diferente, le damos clic a la pizarra electrónica para ver más imágenes que completamos dibujando encima con las manos de nuestro alumnado (o ni eso).

Hoy, en el aula conviven alumnos y alumnas cuyo lugar de procedencia puede distar miles de kilómetros, quienes han conocido realidades distintas en sus primeros años de vida, con familias más diferentes que nunca, o han vivido situaciones increíblemente diversas en su vida, a veces muy complicadas y otras menos. Y mientras tanto, los planteamientos conservadores se empeñan en asegurar que todo el mundo es igual, que hoy es igual que ayer, que sólo es culpa de él o de ella el éxito o el fracaso, en función del esfuerzo que quiera aportar.

 

Cambio de paradigma social

Vivimos en una sociedad que está haciendo al pobre más pobre, al tiempo que se le da cada vez menos voz en cualquier foro. Vivimos en una sociedad que globaliza la pobreza, en una realidad social distinta, aunque se diga que hoy las cosas son como ayer. Lo público está siendo objeto de negocio. Se está imponiendo un modelo mercantilista en la educación que permitirá el saqueo de lo público por los sectores sociales que detentan el poder financiero, aquellos que manejan la economía virtual, no la productiva. Está cambiando el paradigma de sociedad. Las diversas reformas impuestas nos hacen retrotraer más de medio siglo en la pérdida de derechos y libertades.

Hoy los ricos son más ricos y los pobres más pobres. La pobreza y la exclusión social creciente las vivimos de forma sangrante en las aulas de los centros educativos. El profesorado renovador siempre ha sido un militante activo, comprometido con la transformación social, con la defensa de lo colectivo y de lo público, con la lucha por la redistribución de la riqueza. Y siempre ha sido consciente de que la defensa de la escuela pública es una cuestión que nos implica a todos: padres, alumnado, colectivos sociales, profesorado, sindicalismo de clase, organizaciones progresistas... Juntos, tanto para educar como para defender el servicio público de la educación.

Es necesaria, pues, una educación distinta para esta realidad diferente. Está claro que se necesitan cambios y renovación, y no sólo técnica y modernidad tecnológica, que no se sabe adónde conducen. No se requiere sólo que se hagan “cosas bonitas” en clase: hacen falta cambios profundos.

 

¿Qué sentido le damos al cambio?

Con base en la renovación pedagógica nunca se plantea la actividad sin sentido, como algo “estético” o que toca porque siempre se ha hecho así. En la sociedad en que nos toca actuar se evita el cuestionamiento, el poner en duda, la crítica. A quien lo hace, lo llaman con desprecio “perroflauta” o “antisistema”, aunque lo que desee sea mejorarlo. Se marcan unas pautas rígidas, sometidas a unas normas preprogramadas por quienes las fijan, y salirse de ahí parece negativo. Un niño o una niña crecen en un mundo en el que parece existir mucha libertad porque hay muchos canales de televisión, cuando prácticamente en todos se ofrece el mismo trasfondo, las mismas “verdades” intocables; un mundo en el que existen muchas editoriales, cuando, en esencia, el uso de un único libro de texto tiene el mismo significado. Es necesario mostrar el mundo desde dentro, conocerlo para criticarlo, proponer cambios precisamente para mejorarlo.

Ahora se exacerba el interés individual. Por un lado, al discurso colectivo se le quiere siempre asignar “una cara”, un responsable: se trata de reducirlo todo a los partidos, los sindicatos, los movimientos sociales; a sus líderes. Parece que sólo tendrán sentido según su carisma. Las acciones sociales necesitan caras conocidas que las promocionen, hasta quieren que cada centro se reduzca al papel de su director o directora. La renovación pedagógica no puede dejar que se pierda el sentido de lo colectivo, lo organizado, lo compartido, lo igualitario, lo común, lo público.

Cuando los gobiernos nos piden que innovemos, no nos piden que renovemos. Cuando, por ejemplo, potencian el uso de nuevas tecnologías, robots, pantallas interactivas u otros medios quizá debamos pensar que detrás de ello se esconde más un interés económico que un verdadero interés por abordar nuevas metodologías investigativas y dialógicas que puedan cuestionar seriamente el orden establecido. Cuando nos cuentan que por encima de la igualdad de derechos está la elección de centro educativo, quizá nos estén escondiendo un negocio privado. Hay que descubrir la verdadera cara de lo que nos presentan.

Los MRP no queremos actuar en esta sociedad sólo porque sí, porque se proponen nuevos recursos y las actividades han de ser diferentes. Ni tampoco porque se aprende de forma distinta y hay que amoldarse a ello sin plantearse los fines. Las nuevas tecnologías, los nuevos ámbitos, las nuevas “libertades de elección” llevan una intencionalidad, un intento de negocio y de creación de desigualdades. Nuestras propuestas no pueden ser neutras si pretendemos un mundo mejor. Nuestras propuestas deben partir de la sociedad actual y no quedar al margen de ella, actuando en los nuevos ámbitos y utilizando las nuevas tecnologías de forma alternativa, o denunciando manipulaciones como la supuesta libertad de elección de centro.

 

¿Hasta dónde llegar?

En el gran territorio que es España —quizá no muy lejos de lo que se plantea en ese otro mayor que es Europa— se vive una época en que algunos quieren extender el negocio hasta lo más necesario y lo colectivo. Tal vez la crisis no tenga otra razón de ser que la de lanzarse a un ataque feroz sobre derechos básicos como la educación y la sanidad. No es algo nuevo; ya se intentó con la llamada directiva Bolkestein, aprobada en diciembre de 2006 (y “suavizada” en parte en su redacción final), y que se ratifica ahora en muchas más propuestas (como lo que será el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos). Esa privatización arrastra gran cantidad de condiciones y valores que llegan hasta los modelos de centro, de currículo de aula, de evaluación y de un largo etcétera. En nuestro país, esos poderes se han aliado con las fuerzas más conservadoras, las que quieren volver al pasado, las que desean mantener la hegemonía que tienen y que, quizá, ven peligrar. Se han asociado y han “inventado” la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) y una situación de regresión increíble.

Los MRP queremos gritar bien alto que no se pueden resolver los problemas que afectan el futuro con recetas del pasado, que la educación de las personas, de todas las personas en verdadera igualdad, no se vende; más bien se defiende. En esta situación convulsa queremos sacar adelante alternativas liberadoras, por inmersión en un mundo nuevo en el que también han surgido nuevas formas de movilización y de proponer cambios, para aquello que es injusto, de arrancar derechos, de defenderlos.

Nuestro centro de interés sigue siendo el aula como lugar de puesta en práctica de la labor de educar, aunque no tiene que limitarse a las cuatro paredes. También el centro, el centro público, entendido como lugar de convivencia de toda la diversidad que existe en el mismo, entendido como núcleo de acción social.

Nuestra acción ahora debe ir más allá de la defensa de lo que había antes de este ataque feroz a lo público y a lo democrático. La nuestra debe ser una acción social que luche por la justicia social, que ahora no existe, desde el mundo educativo, desde la práctica.

 

Actuar global y localmente

La nuestra debe ser una acción “glocal”: global y local a un tiempo.

Los MRP siempre se han propuesto cambiar nuestra realidad cercana, en lo local; actuar en el ámbito en el que vivimos, en lo cercano, como camino para llegar a un cambio más global. Debemos lograr que en nuestros entornos todo el mundo tenga una opción de vida digna, una opción real en el mundo real de hoy. Eso nos llevará a luchar para evitar las pequeñas desigualdades e injusticias que se dan en el día a día, las pérdidas de saber por parte o por todo el alumnado. Nos llevará a luchar para que los hijos de las familias con dificultades no se vean excluidos o en desventaja, al trabajar en clase, por falta de material, o al hacer una actividad extraescolar, o en cualquier otro momento. También nos llevará a intentar lograr que a nuestro alumnado le llegue un saber integrado, general, real, y no recetas por materias académicas; que no le quiten una parte de su futuro saber, aunque no sea útil para su futuro trabajo, pero sí para la vida, para su felicidad y para la de cuantos lo rodean. Nos llevará a trabajar para que nadie sufra una agresión verbal, física o “ambiental” por ser de otro color, otro género u otra tendencia sexual. Nos llevará a esforzarnos para lograr que cada niño, niña y adolescente se sientan a gusto con el resto de sus compañeros, y sepan resolver sus conflictos y hacer sus propuestas. Nos llevará a intentar que las pocas expectativas que pueden partir de un ambiente cultural pobre se amplíen, que la riqueza de la diversidad que hay en el aula se aproveche en la interacción mutua, que la opción de trabajar la igualdad de género se cumpla.

El trabajo consciente y activo sobre lo cercano hará posible que los centros sean de todos, que todo el mundo se sienta partícipe, aprenda de los demás y decida en cooperación con otros. Se trata de construir el saber de forma colectiva y dialógica, por interacción y por suma de sinergias hacia una sociedad más equitativa y justa en la que el saber esté al servicio de las personas y no de los mercados.

No obstante, eso no será posible si no proyectamos nuestra acción también hacia lo global. Para lo anterior, debemos reflexionar sobre situaciones y actuaciones concretas para llegar a alternativas globales, enraizadas en un trabajo real. Hay razones para querer dar importancia a unos saberes sobre otros, y hay que descubrirlas, denunciarlas y hacer propuestas que puedan llegar de nuevo, adaptadas, a nuestra acción más local. Debemos proponer métodos para lograr ampliar los horizontes de aquellos que tienen muchas posibilidades de fracasar; conseguir que la convivencia, la interacción y la participación en el centro sean una parte de la formación de nuestro alumnado y no sólo algo anecdótico. Y para convertir nuestros objetivos en realidades, desde los MRP estamos empezando a transmitir a la sociedad propuestas concretas de mejora de la educación.

Ese complicado enlace —entre lo local y lo global, entre la escuela y la sociedad— es el que siempre dio “vida” a los MRP y es el camino a seguir en esta nueva andadura. De la lucha por lograr un derecho educativo en un aula debe salir un derecho general que sirva para que todos los niños y todas las niñas lo logren.

 

El futuro organizativo de los MRP

El referente de quienes trabajamos en los MRP —y de los propios MRP— no puede ser lo individual. Nuestras propuestas no serían nunca renovadoras si no se hicieran de forma organizada. La renovación pedagógica o es organizada, o no es. No podemos restringir la acción a nuestra clase, sin compartir, hablar y reflexionar en común y, así, avanzar. Es necesaria como extensión de lo que hacemos, como aprendizaje y como forma de sentir que no estamos solos.

Esa red es el mejor campo de cultivo, también para una formación del profesorado ligada a la autoformación, la reflexión, el intercambio y la actuación conjunta, como históricamente han hecho los MRP, pero en la perspectiva que ahora se plantea.

Tampoco tiene sentido crear una teoría “inaplicada” desde un MRP ni dividir en exceso el papel de teóricos y prácticos de forma inconexa. Nuestro papel es reflexionar en común sobre nuestras prácticas para que reviertan en una transformación y una mejora real del mundo en el que nos ha tocado vivir. Nuestro papel es conocer otras realidades, aprender, enseñar lo nuestro, lo de todas y todos, ampliar miras y compartir. Por eso los MRP deben actuar en red, es decir, en un tipo de organización horizontal que no cree una división artificial de papeles, que impulse el intercambio directo y, en lo posible, que acerque realidades, permitiendo, a la vez, la toma de decisiones.

La educación es una cuestión social, por lo que no tendría sentido que nuestra reflexión colectiva se limitara al mundo docente, profesional. La sociedad tiene mucho que decir en educación; la sociedad en su conjunto y no sólo quienes ejercen el poder en ella.

Este planteamiento podría nombrarse como “glocal”. En nuestros centros, en nuestras zonas, nuestra labor también está en crear comunidad; que el alumnado, las familias y también personas y colectivos del entorno entren en el centro y participen en él. ¿Qué mejor manera de recoger sus inquietudes que dándoles voz en el centro? No se trata sólo de que la tengan en un consejo escolar o en otro órgano; se trata de trabajar codo con codo, en términos de igualdad, para que el esfuerzo común realmente sirva para que el centro responda a esa comunidad. Y esto pasa por la toma colectiva de decisiones.

Desde el punto de vista global o general, los MRP deberemos involucrarnos con organizaciones sociales y colectivas de otros ámbitos, en propuestas y acciones sociales conjuntas que sirvan para mejorar la sociedad en la que vivimos. ¿Cómo no colaborar con quien plantea una cultura popular, o una sanidad pública, o reclama unos mismos derechos para las personas, en vivienda, trabajo, etcétera?

Con esa perspectiva, los MRP plantean alternativas educativas basadas en lo real, en planteamientos sociales, compartidas, sin ningún otro interés; ni sindical, ni corporativo. Quizá eso haga de los MRP colectivos que sirvan de “pegamento”, de cohesionador, en esas actuaciones colectivas.

A modo de conclusión, los MRP queremos empezar un nuevo proceso de renovación que permita abordar las nuevas necesidades que plantea la educación del siglo XXI desde una perspectiva de equidad y justicia social, contribuyendo a crear un mundo más justo y solidario, donde se denuncie y se persiga la exclusión y la desigualdad.

Para ello entendemos que la educación ha de estar al servicio de las personas y no de los mercados, utilizando los cambios metodológicos, las nuevas tecnologías, el entorno y todo lo que esté a nuestro alcance, para formar a personas que piensen por sí mismas y que sean capaces de analizar y entender el mundo en el que viven, desde una perspectiva crítica, para transformarlo y mejorarlo.

Quizá la verdadera revolución educativa consiste en el saber ser y en el saber estar. Saber ser personas completas y competentes en todos los campos, para facilitar el saber estar en sociedad, ayudando, compensando, superando las desigualdades con una concepción socioafectiva y emocional que facilite la construcción de un mundo más justo y feliz para todos. Esto nos lleva a la creación de una “escuela justa”, inclusiva, participativa, con fines distintos a los actuales, una propuesta de currículo distinta, una escuela realmente pública.

Toda esta tarea necesariamente tendrá que ser colectiva, que involucre a todos los sectores sociales, organizaciones y entidades que tengan algo que decir y ofrecer en esta ardua tarea… ¡O no será! No se trata de comenzar de cero: hay innumerables iniciativas y propuestas en marcha, intentos de caminar en este sentido, enmarcados, incluso, en contextos extremadamente difíciles, que nos permiten creer en un futuro posible.

Como se recoge en el documento de organización de los MRP de Segovia (febrero de 2014): “Con tu puedo y con mi quiero, vamos juntos compañero” (Vamos juntos, Mario Benedetti).

 

Para saber más

- Angulo Rasco, José Félix (coord.) (1997),  Escuela pública y sociedad neoliberal, Málaga, Aula Libre.

- Imbernón Muñoz, Francisco (coord.) (1999),  La educación en el siglo XXI. Los retos del futuro inmediato, Barcelona, Graó.

- Sansano, Albert (2003),  L’escola que volem, Valencia, Tàndem.

 


 

* Comisión organizadora del IV Congreso de Movimientos de Renovación Pedagógica "Educar y aprender en un nuevo escenario". Artículo publicado originalmente como “El futuro de los Movimientos de Renovación Pedagógica” en Cuadernos de Pedagogía, núm. 449, octubre de 2014.

 

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