Juventud y cambio político en Túnez

Juventud y cambio político en Túnez

 

El proceso de cambio político que tuvo lugar en Túnez, lo mismo que el que se dio en otros países árabes, no puede explicarse por una sola razón. Hubo, más bien, una retahíla de factores que propiciaron una revuelta popular liderada por los jóvenes, en busca de un reparto más equitativo de la riqueza y de las oportunidades.

 

 

Hasta ahora, el modelo económico de Túnez, lo mismo que el de los otros países del Magreb, privilegió fundamentalmente el turismo —fuente de divisas y también de inversión extranjera—, el sector primario y un sector industrial incipiente que podía producir manufacturas para las industrias europeas, por ejemplo la textil, con unos costos de mano de obra extremadamente bajos y, por supuesto, con más fácil transporte de mercancías y, de nuevo, menor costo que en Asia. El panorama se completa con un gran número de funcionarios públicos, singularmente en la policía, el ejército y el comercio.

Este modelo económico podía soportar relativamente bien un sistema político de democracia vigilada. Por una parte, Estados Unidos y Europa daban apoyo económico a estos regímenes por considerarlos una medida de contención del islamismo radical, cosa en la que se han empleado a fondo los servicios de seguridad del Estado. Por otra parte, el turismo y la incipiente industria podían colocar un elevado contingente de mano de obra de escasa cualificación, a la que ofrecían un salario que, aunque bajo, venía siendo mayor que el que se podía obtener en la agricultura. Finalmente, estos mismos regímenes se invertían a fondo para proporcionar algunos servicios públicos de primera necesidad, impensables en países vecinos. Y, entre ellos, una educación basada en el canon de las potencias coloniales y, en el caso de Túnez, de Francia. Dadas las circunstancias, una buena educación que se traduce, por ejemplo, en una esperanza educativa para las niñas de 15 años, una de las más altas en los países musulmanes. Nadie podía imaginarse que esta educación, con el tiempo, sería la simiente del cambio político.

Desde hace algunos años, el Fondo Monetario Internacional (FMI) venía alertando acerca del riesgo que suponía el creciente desempleo para la estabilidad política de la zona. La crisis económica hizo mella en el turismo y, por otra parte, muchas multinacionales trasladaron progresivamente su producción a Asia. Las últimas cifras de desempleo disponibles para Túnez, a través de Naciones Unidas, arrojan resultados preocupantes, a pesar de que, al proceder de fuentes oficiales, pueden ser estimaciones a la baja. Se habla de 14% de desempleo total, de 30% entre la población juvenil de 14 a 25 años de edad y de 60% entre los titulados universitarios.

Curiosamente, en cualquier país desarrollado sucede que a mayor nivel educativo, menor desempleo. En Túnez, sin embargo, hasta ahora ha sido todo lo contrario: a mayor educación, mayor desempleo. Una buena indicación de esta situación tan paradójica la ofrece el hecho de que el joven que murió tras incinerarse, en una acción que es tomada como el principio de la revuelta hace casi 8 años, tenía un puesto de verdulería, pero en realidad era un titulado universitario sin trabajo.

Para muchos jóvenes tunecinos la principal esperanza se centra en conseguir un empleo en la administración pública o en emigrar. Ni una ni otra cosa son sencillas hoy: la emigración cada vez es más restringida en Europa y los títulos universitarios tunecinos no parecen tener valor alguno en ese país; conseguir un empleo público en una dictadura nepotista requiere un capital de redes sociales o de dinero, para pagar sobornos, que no están al alcance de todos. Los tunecinos son jóvenes cualificados a cuyas expectativas de empleo cualificado el sistema no da salida. Y, además, apenas los deja expresarse, so pena de represión. Por esta razón, una de las primeras promesas de Ben Ali cuando se sintió definitivamente acorralado tras 20 años en el poder fue la creación de 300,000 empleos nuevos para los jóvenes, promesa que no pudo cumplir.

Demasiado para una juventud bien educada que, además, está perfectamente al día de lo que sucede en el mundo. No sólo la televisión internacional recuerda a los jóvenes sus sueños, sino que, además, ellos mismos no tienen ningún problema en permanecer siempre conectados a la red. Más de la mitad de la población tiene acceso a internet en su casa y las redes sociales son vías de comunicación permanente. De hecho, parte del éxito de las movilizaciones juveniles radicó en un uso magistral de las redes sociales. Las revueltas de los bachilleres chilenos se propagaron gracias a los SMS; las de los jóvenes tunecinos se sirvieron de Facebook y Twitter como plataformas de comunicación, incluso con el exterior.

Por esta razón, tanto en Túnez como en Egipto el gobierno hizo lo que pudo para suspender el acceso a internet y a la televisión extranjera, en particular Al Jazeera, la cadena de noticias del mundo árabe.

La maquinaria educativa tunecina produjo un enorme stock de titulados universitarios que, en el actual modelo político y económico, no pueden encontrar un trabajo digno. La magnitud del problema la da otro dato no menos impactante: la mitad de la población tunecina tiene menos de 25 años de edad. Los problemas de los jóvenes son los problemas de medio país. Si ellos se desesperan, el país grita. Y en otros países de la zona la situación es aún más grave: 60% de la población por término medio tiene menos de 30 años de edad. ¿Qué futuro?

 

Indicaciones de una enseñanza de calidad

Una enseñanza pública y gratuita de calidad es uno de los mejores legados de Habib Bourguiba, el padre de la independencia de Túnez. El nivel educativo del país no tiene parangón en ningún otro de la región. En primer lugar, las tasas de escolarización son las más altas del Magreb, lo mismo que la esperanza de escolarización, tanto para niños como para niñas, lo cual da idea del esfuerzo realizado desde la independencia y continuado bajo la democracia vigilada de Ben Ali. Teniendo en cuenta la proporción de jóvenes en el conjunto de la población, es evidente que el esfuerzo realizado ha sido importante en todos los niveles.

En segundo lugar, según los indicadores de la UNESCO, esto se traduce en unas elevadas tasas de alfabetización de la población adulta: 89% en Túnez, frente a 73% en Algeria, 56% en Marruecos y 66% en Egipto. Y, más aún, en el caso de las chicas de 15 a 24 años de edad, el porcentaje de alfabetización llega hasta 96% en Túnez, frente a 68% en Marruecos y 82% en Egipto.

En tercer lugar, Túnez es el único país africano que participa en el estudio PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, cosa que viene haciendo desde 2003. Esto es, de por sí, otra indicación del interés político por una educación de calidad. De haber otros países africanos o del Magreb en PISA, muy probablemente los resultados de Túnez serían comparativamente los mejores. En el conjunto de los países participantes las puntuaciones tunecinas son equiparables a las de Jordania, Indonesia y Argentina. Además, los resultados han mejorado año tras año, una situación muy distinta de países como España, por ejemplo. En efecto, los resultados muestran que el incremento anualizado en las tres áreas que mide PISA ha sido notable —de hecho, Túnez es uno de los casos más claros de progreso estadísticamente significativo—. Una educación de semejante calidad tenía que acabar pasando factura al régimen.

 


 

* Director de asesoramiento en políticas educativas, UNESCO, París. Artículo publicado originalmente en Cuadernos de Pedagogía, núm. 410, marzo de 2011.

 

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