Medidas disciplinarias: violencia física y exclusión social

Medidas disciplinarias: violencia física y exclusión social

 

¿Funciona la terapia de aversión —exponer a un paciente a un estímulo al mismo tiempo que se le hace experimentar alguna forma de sensación desagradable— para intentar suprimir comportamientos estudiantiles que atentan contra la convivencia escolar? Este artículo presenta diversas experiencias que nos permiten llegar a conclusiones al respecto.

 

 

Recientemente, diversos medios han cubierto el caso de una escuela (el Centro Educativo Juez Rotenberg, en Estados Unidos) que utiliza descargas eléctricas como medida de control para aquellos estudiantes que no se comportan de manera “correcta”. En este tipo de prácticas, denominadas terapias de la aversión, las personas que presentan mala conducta son expuestas a un estímulo desagradable —en ocasiones doloroso— para que asocien dicho acto con una sensación de incomodad, en aras de que no lo repitan. Este tipo de tratamiento se utiliza comúnmente para tratar adicciones y hábitos compulsivos.

Ahora bien, en el caso de las escuelas, ¿estas prácticas están justificadas? ¿Se obtienen resultados adecuados al reprender físicamente a los estudiantes problema?

Stephen S. Owen (2005), investigador de la Universidad de Radford, ha concluido que hay una relación inversamente proporcional entre el uso de castigos corporales en las escuelas y el capital social de la región donde éstas se encuentran. El investigador concibe a este último como “las conexiones [que hay] entre los individuos, las mallas sociales y las normas de reciprocidad e integridad que de ellas nacen”. Es decir, todo parece indicar que mientras mayor es la utilización de castigos físicos en las escuelas, menor es la cohesión social del lugar. De aquí se desprenden dos posibilidades: 1) que la utilización de estas penas sean consecuencia de una sociedad desgajada, o 2) que estos castigos deterioran la formación cívica de los estudiantes, provocando la desintegración social. Ya sea que estas prácticas sean una consecuencia o una causa de individuos antisociales, se tienen que evitar a toda costa si se quiere conseguir unión social.

Entonces, ¿cómo se puede llamar la atención a los estudiantes? Está claro que los maestros no pueden cruzarse de brazos, ya que la mala actitud de un alumno no desaparecerá por sí sola.

En realidad, el caso del Centro Educativo Juez Rotenberg es algo fuera de lo común. Los castigos físicos están prohibidos. Normalmente se recurre a otras sanciones. Entre éstas se encuentran: poner a los alumnos problemáticos en el rincón, sacarlos del salón, suspenderlos temporalmente del instituto y, en casos más graves, expulsarlos. Todas estas prácticas son similares a las prisiones, pues se fundamentan en la exclusión social y en el ostracismo. Hay mucha bibliografía que afirma que este exilio, aunado a la etiquetación de los alumnos como sujetos antisociales, crea una profecía que se autorrealiza (Noguera, 2003, p. 343): cuando se le repite al estudiante, una y otra vez, que “no va a ser nadie en la vida” o que “nunca podrá acceder a la universidad”, éste adopta un rol desinteresado por la escuela, cayendo en un ciclo de mal comportamiento que se va reforzando con cada llamada de atención, y de esa forma cava su propia tumba.

Otro problema con estos castigos es que sólo son un medio de control. Los maestros ven en este tipo de prácticas una solución inmediata al desorden que estos pupilos generan dentro de las aulas. John W. Maag, en su Rewarded by Punishment: Reflections on the Disuse of Positive Reinforcement in Schools (2001), lo esquematiza de la siguiente manera: 1) el maestro encuentra aversiva la conducta de un estudiante; 2) el estudiante siente repulsión a ser excluido socialmente, por lo que el profesor lo saca del salón de clases, condicionándolo negativamente, y 3) el maestro, al haber eliminado la causa de su molestia, también se ha condicionado a sí mismo negativamente. En ese sentido, se vuelve más probable que el profesor vuelva a utilizar estos métodos para lidiar con los pupilos problema. De esa forma se genera una trampa de refuerzos negativos que no abona nada a la mejoría del comportamiento del estudiante.

¿El problema tiene solución? ¿Se puede mejorar el comportamiento de los pupilos problemáticos? John Maag afirma que se puede revertir la mala conducta de los estudiantes a través del reforzamiento positivo. Por ejemplo, el profesor puede observar a aquellos pupilos que se portan bien, felicitarlos y reconocer su esfuerzo. En cuanto a la mala conducta, se pueden fijar pequeñas metas que, al ser alcanzadas, se van reforzando positivamente, para que, poco a poco, la actitud de los alumnos problema cambie.

Otra estrategia es reforzar las buenas conductas grupalmente. Por caso pensemos en un salón de clases donde el maestro escribe en el pizarrón los comportamientos que son apropiados en el aula y luego pone una grabación que, esporádica y aleatoriamente, emite tonos. Si la grabadora emite un sonido y el profesor ve que, en ese momento, todos los estudiantes están comportándose de acuerdo con lo escrito en el pizarrón, entonces éste pone tres frijoles en un jarrón. Si para el jueves el jarrón está lleno, entonces se les recompensa poniéndoles una película el viernes o llevándoles caramelos.

Más allá de las soluciones que nos presenta Maag, el pedagogo francés Célestin Freinet también da opciones para mantener el orden en las clases y mejorar el comportamiento de aquellos que se portan mal. Una de las partes más importantes de las Técnicas Freinet es la educación cooperativa. Ésta consiste en que los alumnos trabajen en un proyecto en conjunto (en particular, Freinet propone un periódico escolar) donde los niños establezcan relaciones laborales entre ellos. El hecho de trabajar en un objetivo en común conduce a los niños a tomar conciencia de sus responsabilidades individuales, sociales y morales. Si un alumno, debido a una mala conducta, falla en su responsabilidad, entonces se le hace ver, frente a todo el grupo, que su descuido ha afectado el esfuerzo colectivo. Aquí, el pupilo tiene derecho de réplica, por lo que se fomenta la resolución de controversias, en lugar de hacer uso de la exclusión. En este sentido, se le da su sitio tanto a los ofendidos como al que cometió la falta, generando cohesión social y propiciando que todos se sientan miembros de la comunidad.

De todo esto podemos concluir: 1) la violencia física no fomenta la educación cívica de los alumnos; 2) la exclusión social como práctica disciplinaria sólo ayuda a generar orden en el salón de clases y no sirve para encauzar la conducta de los pupilos problemáticos; 3) el reforzamiento positivo es un método que sí ayuda a los estudiantes a mejorar su actitud, y 4) las Técnicas Freinet también brindan un método viable para la conducción de los alumnos, aunque presupongan una estructura pedagógica particular.

Todo esto no sólo nos hace pensar en las medidas que toman las escuelas para corregir el comportamiento de los alumnos, sino en el derecho a corregir (ius corrigendi) en general. Según el artículo 423 Código Civil Federal, quienes ejerzan la patria potestad de un menor de edad tienen el derecho a “corregir” la conducta de éste con el objetivo de dar una buena educación.

Ahora bien, esta corrección “no implica infligir al menor actos de fuerza que atenten contra su integridad física o psíquica”. Resulta muy claro lo que significa no provocar daño corporal a alguien; sin embargo, no violentar la salud psíquica es un poco más sutil. En los ejemplos anteriores, la exclusión social y el hecho de etiquetar al alumno como un individuo aberrante son perjudiciales para la salud mental, pues hacen que los pupilos se autodeterminen como sujetos antisociales. En ese sentido, ¿al humillar a un hijo frente sus hermanos, recordándole lo inoportuno que es su comportamiento, no se le está etiquetando como un individuo aberrante?, ¿dejar fuera de un paseo familiar a un hijo no es exclusión social?

Los refuerzos positivos y el derecho de réplica son métodos fácilmente extrapolables a la dimensión familiar y que pueden generar cohesión entre sus integrantes, evitando rencores y daños psicológicos.

 

Para saber más

  • Freinet, C. (2001), La educación cívica y moral, México, Fontarama.
  • Maag, J.W. (2001), “Rewarded by Punishment: Reflections of the Disuse of the Positive Reinforcement in Schools”, The Council for Exceptional Children, 67(2), 173-186.
  • Noguera, P.A. (2003), “Schools, Prisons, and Social Implications of Punishment: Rethinking Disciplinary Practices”, Theory into Practice 42(4), 341-350.
  • Owen, S.S. (2005), The Relationship between Social Capital and Corporal Punishment in Schools: A Theorical Inquiry”, Youth & Society, 37(1), 85-112.

 

5559-2250 / 5575-6321 / 5575-4935 - Aviso de Privacidad - Términos y Condiciones

Revista El Mundo del Abogado