Migración: entre la desesperanza y el aprendizaje

Migración: entre la desesperanza y el aprendizaje

 

En estos testimonios de niños musulmanes reconocemos a los niños migrantes de todo el mundo, de su cultura y de su familia, y lo que debieran hacer los profesores y las escuelas: acompañar diferencias, crear lazos, reconocer lenguajes.

 

 

La historia de la humanidad es una historia de migraciones. Diariamente millones de personas se desplazan de un lugar a otro en busca de mejores condiciones de vida para ellos y sus familias. La esperanza de un futuro próspero les fuerza a dejar atrás sus raíces y sus numerosos vínculos afectivos que en muchas ocasiones van perdiéndose por el camino para no ser recuperados jamás.

Tras el fenómeno migratorio hay miles de historias de personas que a pesar de convivir diariamente con las dificultades asociadas a su condición de migrante (como son el desgaste psicológico que provoca el estar lejos de sus familiares y amigos, el desconocimiento del idioma y de los códigos culturales propios de la sociedad receptora, o la exclusión social y laboral) son capaces de abrirse camino y convertir dichas dificultades en un motivo de crecimiento personal.

Si bien es cierto que estas contrariedades se convierten en una oportunidad de aprendizaje, también lo es que se trata de un proceso muy doloroso para quien lo vive.

 

La primera vez que fui [a Marruecos] no quería venir a abrazarme, y mi hermana, que lo ha criado, le dice: “¡No, yo no soy tu madre!”, porque llama a mi hermana “mamá”. Le dijo: “¡Yo no soy tu mamá! Tu mamá está en España trabajando por ti. Tú mama está comprándote cositas, juguetes, ropita, y te llama por teléfono”. Yo tengo que llamarle todos los fines de semana para que escuche mi voz, y lo ha pasado mal [Fatma].

 

Cuando estos padres logran la reagrupación familiar, se dan cuenta de que la distancia no será el único muro que deberán atravesar para ganarse el afecto y conseguir establecer con ellos una relación educativa. Al mismo tiempo, encuentran numerosas dificultades para lograr un cierto equilibrio entre la integración de sus hijos en la sociedad receptora y la conservación de las costumbres y las tradiciones de su cultura de origen.

 

Lo que ha pasado en Madrid (11-M) ha sido como cuando pasó lo de Estados Unidos (11-S), que [a los musulmanes] nos ven como terroristas. A veces no merece la pena llevar el velo [se refiere a que la gente puede pensar mal de ellos], pero creo que lo tengo que llevar por mis creencias. Mis hijas, las que se han educado en España, es probable que no se lo pongan, porque han visto unas costumbres distintas. No me importa si visten sin velo, lo importante es que vistan bien [Yasmina].

 

A menudo, la escolarización de los hijos no ayuda a mantener esta simetría entre ambas culturas, sino todo lo contrario: la perjudica. La escuela tiene su propia cultura, y ésta se encuentra implícita en sus prácticas, en su organización y en el propio currículo. Si bien su escasa transparencia dificulta a menudo la interpretación de sus códigos, ésta se torna más complicada para la población migrante, que maneja unas pautas culturales y lingüísticas diferentes a las de la sociedad mayoritaria.

 

En Marruecos me sentía mucho mejor con los profesores que aquí [en España], porque aquí parece que no me respetan. El problema que tengo aquí es que no entiendo, no sé hablar [castellano]. Hay veces en las que mi hermana manda los papeles, y hay veces que quiero preguntar cómo está la niña y tampoco puedo. Entonces se lo pido a mi hermana y ella tampoco tiene tiempo para ir, por eso no es como en mi país. Allí estaba en mi casa y una vez a la semana visitaba al profesor y preguntaba cómo estaba mi niño, cómo vivía, y no me avergonzaba de hablar [Leila].

 

Dificultades como la que narra esta mujer marroquí son frecuentes en las escuelas españolas. Son muchas las madres y los padres migrantes que viven el proceso educativo con miedo. Tienen temor a recoger a sus hijos en la puerta del colegio y a no entender o no poder articular palabra cuando el maestro se dirige a ellos; miedo a que sus hijos pierdan o desconozcan su lengua de origen o sus creencias y tradiciones, a que se vean influenciados por rasgos de la cultura mayoritaria que no comparten o que desconocen, o a que se sientan extranjeros en su cultura de origen y que les afecte en las relaciones con los familiares que continúan residiendo en sus países de origen.

No obstante, la mayoría de estas madres y estos padres migrantes son capaces de sortear todos los obstáculos que la sociedad receptora les interpone con tal de conseguir hacerse un sitio y que sus hijos tengan una oportunidad de progresar en la vida. Son verdaderos luchadores que tienen una meta común: dar a sus hijos una educación y la oportunidad de forjarse un futuro, aunque ello suponga a veces enfrentarse a convenciones sociales y culturales.

 

Entrevistadora: ¿Qué quieres para tu hija? ¿Qué te gustaría a ti para su futuro?

Madre: Yo quiero que ella tenga estudios, que trabaje.

Entrevistadora: ¿Y para tus niños también? ¿No hay diferencias entre lo que quieres para tu hija y lo que quieres para tu hijo?

Madre: No, lo mismo, porque el tiempo ha cambiado, no es como antes. Ahora, a lo mejor, si no tiene eso, su futuro será estar siempre detrás de un hombre. Igual que yo; si mi marido me falta, no sé… [Laila].

 

La mayoría de estas historias están repletas de infortunios, la propia condición de inmigrante supone una adversidad en sí misma en la sociedad de acogida, ya que a menudo es motivo de exclusión social. A través de sus testimonios, estas madres reivindican una sociedad y una escuela inclusivas, que sean capaces de integrar las necesidades de sus miembros con independencia de sus creencias, su raza, su cultura o sus capacidades. Son las voces de padres con un gran espíritu de lucha, que han sido capaces de sacrificar sus raíces, e incluso en ocasiones su propia vida, para que sus familias tuvieran un futuro y una calidad de vida más favorables a los que posiblemente habrían tenido en su sociedad de origen. Esa capacidad de sacrificio muestra el valor que estas personas otorgan a la educación y a las posibilidades que puede brindarles formar parte de la sociedad receptora. Sólo por eso merece la pena que maximicemos los recursos educativos a nuestro alcance, con el fin de dar respuestas a las necesidades individuales de cada uno de estos niños migrantes que conforman nuestro panorama educativo.

Cuando el aprendizaje del castellano se convierte en la máxima prioridad en la atención del alumnado inmigrante, es frecuente que se descuiden otros aspectos que son igualmente importantes y que determinarán en gran medida la construcción de su identidad. Es cierto que la lengua es el vehículo para la adquisición de otros aprendizajes y para la inclusión social, pero no debemos dejar pasar inadvertido que estos chicos y estas chicas necesitan sentirse sobre todo incluidos en el nuevo sistema escolar y dentro de su núcleo familiar, lo que sólo es posible fomentando un clima educativo donde primen la seguridad, el cariño, el respeto, la tranquilidad y la libertad del individuo.

 


 

* Profesora en el Departamento de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Málaga, España. Artículo publicado originalmente con el título “La contrariedad como oportunidad de aprendizaje”, en Cuadernos de Pedagogía, núm. 461, noviembre de 2015.

  

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