El malestar en las aulas de secundaria

El malestar en las aulas de secundaria

 

Desde su trabajo cotidiano con los adolescentes, la autora reclama una reforma y una diversificación del currículo y también que se incida en la formación inicial y permanente del profesorado. Pero advierte que lo que pasa en la escuela es un reflejo de lo que sucede en la sociedad, y que nuestra sociedad del bienestar muestra en la adolescencia un síntoma de sus trastornos.

  

Cualquier persona que esté en contacto con la educación y la enseñanza y no quiera cerrar los ojos a la realidad de nuestro tiempo se dará cuenta, sin necesidad de profundizar demasiado, de que el clima que se vive en los centros públicos de secundaria dista mucho, en general, de ser el más adecuado para la formación de los jóvenes y para el desarrollo entusiasta y creativo de la profesión docente. Y es que el cambio que ha comportado en la profesión la aplicación de la reforma ha sido tan brutal que los docentes, muchas veces, se han visto devorados per el desánimo, el cansancio, la frustración o la angustia. Un vistazo a la nómina de maestros y profesores que están de baja nos corrobora esta sencilla observación sobre la salud de nuestro sistema educativo.

Algo pasa, pues. Y cuando la queja es bastante unánime en un colectivo cabe pensar que tiene su parte de razón. Desde la administración educativa se puede caer en la tentación de considerar que la responsabilidad recae de lleno en el profesorado, que ha sido incapaz de adaptarse a tanto cambio. Desde el colectivo docente se puede echar toda la culpa a la administración, que con la aplicación de las leyes educativas ha destrozado el sistema educativo de arriba abajo. Por mi parte, considero que cada uno tiene su parte de razón, pero que hay que analizar los hechos desde una perspectiva más amplia que la que ofrece el ámbito educativo en exclusiva. Claro que podríamos aventurarnos a pensar qué éxito podía tener una ley que se implantó sin el apoyo explícito de gran parte del colectivo (del profesorado de secundaria) que tenía la obligación de aplicarla diariamente en las aulas...

Todas aquellas personas que hemos trabajado en los últimos años en un aula de secundaria, y que hemos tenido enfrente 30 adolescentes que nos miran y se comportan como no lo habían hecho las generaciones pasadas, hemos experimentado en nuestra propia carne todos los defectos de un sistema que sólo en la teoría se ha demostrado válido.

 

Más allá del currículo

Hemos podido constatar en las aulas que, pese a haber reducido considerablemente la dificultad de los contenidos, un sector de nuestros adolescentes sigue demostrando un notable desinterés por cualquier tipo de enseñanza curricular. La legislación ha acabado por plantear el tema del currículo limándolo y exprimiéndolo, sin querer aceptar que el problema no está en la dosis de la medicación que se suministra, sino en la medicación en sí. Por muchas competencias básicas que se diseñen, siempre habrá un sector de la población escolar que no conseguirá alcanzarlas nunca, porque hay algo en su mundo interior que actúa como una barrera infranqueable. Al fin y al cabo, lo que ha hecho la legislación es seguir manteniendo horas y horas detrás de un pupitre a unos jóvenes que literalmente no pueden estar sentados. Y si los miramos de cerca, resulta que estos jóvenes y adolescentes tienen un entorno social, cultural y económico radicalmente distinto al nuestro, al de los adultos que intentamos transmitirles en vano algún conocimiento, que no consigue hacer mella en ellos porque no coincide para nada con su escala de valores.

El segundo aspecto que quería señalar está directamente relacionado con lo que acabo de apuntar. La aplicación de las leyes ha consistido básicamente en la priorización de los aspectos pedagógicos por encima de todo. Cuando se trata de psicología, se hace desde el punto de vista del constructivismo; se habla, por lo tanto, de la psicología del aprendizaje, no de la construcción de la personalidad desde una perspectiva más emocional y profunda. Y luego resulta que nuestros alumnos y alumnas (como todo ser humano, por supuesto) muchas veces manifiestan un desinterés por los estudios porque sus sentimientos y sus conflictos internos los desbordan y no saben qué hacer con ellos. Una conducta disruptiva, y un comportamiento asocial y antiescolar, muchas veces tienen una explicación psicológica y se matizan o se resuelven con una terapia adecuada, pero eso no se contempla en los centros de enseñanza. Allí sólo se da currículo y más currículo, aunque sea de baja intensidad.

Los problemas que plantea hoy en día la adolescencia no los ha inventado la reforma educativa, sino que hay que buscarlos más allá de las aulas. Ahora, nuestras aulas (por lo menos las públicas y del extrarradio de las grandes ciudades) están cada vez más llenas de jóvenes con unos hábitos de conducta, unas problemáticas escolares, unos contextos culturales, unas situaciones económicas y sociales tan distintas a las que teníamos por costumbre tratar que nos han desbordado por los cuatro costados.

Me parece de una claridad meridiana que hay que reformar y diversificar el currículo e incidir en la formación inicial y permanente del profesorado, para proporcionarle los instrumentos que le permitan afrontar con más seguridad en sí mismo los retos que emergen actualmente de las aulas. Pero también hay que tener en cuenta que lo que pasa en la escuela es un reflejo de lo que sucede en la sociedad. Y nuestra sociedad del bienestar muestra en la adolescencia un síntoma de sus trastornos. Vivimos en una sociedad compleja que se contempla a sí misma con un narcisismo desmesurado y en la que el concepto de límite parece que ha desaparecido con las fronteras comunitarias, una sociedad que devora ansiosa todo lo que tiene delante, donde todo se sucede y se transmite muy deprisa. Vivimos con rapidez, en la vorágine de unas actividades agotadoras e infinitas, sin espacio ni tiempo para estimular la reflexión y el pensamiento crítico. Vivimos sometidos a unas modas que unifican las personalidades y convierten a madres, padres, hijos e hijas en eternos adolescentes que acaban por no distinguirse unos de otros, confundiéndose incluso sus roles y renunciando por tanto al principio de autoridad. Nuestra sociedad ofrece a los jóvenes, como modelo, a unos personajes de éxito tan rutilante como efímero e inalcanzable, y potencia una cultura de la diversión basada en el consumo vacío de objetos (el móvil es un buen ejemplo) que tienen que proporcionar a cada individuo el éxito de su reconocimiento social, al que no pueden sustraerse porque el yo de unas personas que están creciendo se afirma al pertenecer a un grupo que los identifica.

 

En un mundo cada vez más global

La reflexión sobre los puntos débiles de la enseñanza ha de abordar también los problemas surgidos de las desigualdades sociales y culturales que, en el mundo occidental, en el que triunfa el progreso tecnológico (que atrae a una fuerte inmigración), se viven a cada momento de manera más marcada. El análisis de lo que pasa en nuestras aulas no se puede desvincular del mundo, cada vez más global, en el que, cuando se produce un conflicto, se opta por la actuación violenta en detrimento del diálogo (y pienso, por ejemplo, en el serio conflicto entre Israel y Palestina, o en el ridículo de la isla Perejil, con la que se han establecido ciertas vinculaciones homéricas, quizás para dignificarlo con un barniz culto).

Cuando un adolescente no manifiesta ningún interés por aprender, cuando actúa con prepotencia frente al adulto que intenta instruirlo y educarlo, no muestra un rechazo al sistema escolar, sino a su entorno más inmediato. Cuando un adolescente rechaza los conocimientos que se transmiten en las aulas, lo que en realidad está negando es el querer saber sobre sí mismo. ¿Cuántas veces no hemos visto que detrás de un alumno conflictivo concreto hay una familia y un contexto que nos lo hacen comprensible y más humano? ¿Cuántas veces no hemos visto a padres y a madres que no ejercen como tales? Y si ello es así no es por ignorancia ni por desidia, sino porque, por un cúmulo de razones, son incapaces de sostenerse a sí mismos. Los adolescentes que, aunque no lo parezca, se enfrentan a una de las etapas más difíciles de la vida, necesitan un espacio para poder afrontar sus emociones, sus miedos y sus dudas. Espacio que requiere, por supuesto, la presencia de una persona profesional que los apoye y los acompañe en el descubrimiento y aceptación de sí mismos y del entorno que les ha tocado en suerte o en desgracia. En muchos casos, esta escucha acogedora se manifiesta absolutamente imprescindible.

Los problemas de las aulas no son sólo problemas académicos: si así fuera, una pedagogía de acuerdo con los tiempos hubiera acabado con ellos. Son problemas que tienen una profunda raíz social (cultural y económica), y como tales hay que tratarlos.

Puesto que todo el mundo admite que es cierto que hay que hacer algo para mejorar la calidad de vida de las aulas, si no analizamos con cuidado y autocrítica los cambios que nos propongan, si olvidamos el contexto social que nos explica a nuestro alumnado, caeremos en la trampa de la queja fácil.

Un ejemplo de lo que quiero decir nos lo proporciona algún libro publicado recientemente o las actitudes de un sector del profesorado anclado en la queja. Profesorado que trata a los alumnos con displicencia y los mira por encima del hombro porque su auctoritas, que reside en la edad y en el saber que sólo el docente posee, lo autoriza a ello. Estos profesores describen, pero no analizan; se quejan, pero no insertan ni un ápice de autocrítica en sus opiniones. Con esas actitudes se manifiesta nuestro deseo impetuoso e irreflexivo de abandonar una situación que nos desagrada al precio que sea, sin estar dispuestos a pensar que podemos salir del fuego para caer en unas brasas muy candentes...

El siglo XXI exige posturas más globales respecto de la educación: si la realidad nos dice que muchas familias, por las razones antes esbozadas, no pueden ejercer su papel de transmitir una primera educación a sus hijos e hijas, las distintas administraciones tendrán que tomar medidas sociales para ayudarlas a ejercer esa función. Algunas de estas medidas pasarán por la escuela, aunque eso no implica necesariamente que sean los maestros y los profesores quienes se tengan que encargar siempre de llevarlas a cabo, porque en muchos casos (más de los que algunos quieren creer) la marginación o la enfermedad piden a gritos la intervención de personal debidamente preparado.

La sociedad no puede desentenderse de la escuela ni la escuela de la sociedad. Por eso hay que trabajar para implicar a distintas instituciones en la educación de las generaciones del presente y el futuro. Distintos departamentos gubernamentales tienen que colaborar con el mismo fin: educación, trabajo, bienestar social, sanidad no deben ser más compartimentos estancos, sino que deben actuar al lado de nuestras escuelas. Y también hay que tener en cuenta los medios de que disponen las administraciones locales. Maestros y profesores deben contar con el apoyo que necesiten de psicólogos, asistentes sociales, educadores de calle, servicios de ocupación juvenil, entidades de acción cívica, mediadores en el caso de los inmigrantes para que puedan actuar de puente entre el centro escolar y las familias, hospitales de día y centros de salud mental infantil y juvenil... En fin, una batería de organismos que ya existen pero que hay que poner a trabajar de manera distinta, más coordinada, menos burocrática y más efectiva. Todo ello requiere imaginación y dinero, invertir en educación para modificar el concepto actual de escuela, si queremos que deje de ser válida la frase que va saltando de boca en boca: “Somos maestros y profesores del siglo XX que enseñamos contenidos del siglo XIX al alumnado del siglo XXI”.

 


 

* Antònia Carré es profesora de secundaria. Adaptación del artículo publicado originalmente en Cuadernos de Pedagogía, núm. 318.

 

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